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Crítica de: My blueberry nights

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Universos paralelos de suave melancolía
Se podría decir que una gran parte de la atmósfera que rodea la filmografía de Wong Kar Wai está en más o menos medida representada en esta magistral “My blueberry nights”; tanto personajes, como situaciones y contextos, y sobre todo ambientes y escenarios evocadores y sutiles que invitan a una continua ensoñación pasajera.

Si existía cierta expectación sobre la nueva película rodada en Norteamérica del genial cineasta chino, este las ha superado con creces. Con una conmovedora –y en apariencia sencilla- historia, consigue desarrollar todo un universo de sensaciones, sentimientos y emociones encontradas en mundos paralelos, donde personajes marcados por la derrota, mantienen viva su lucha personal por una supervivencia cada vez más utópica.

El eje central de toda la historia gira en torno a Elizabeth, interpretada por una novel pero sensacional Norah Jones, que en un ejercicio de solidez consigue dar autenticidad a un registro complicado y en ocasiones incómodo, con una solvencia impropia de una actriz que debuta en la gran pantalla. Cara, y sobre todo voz muy conocida en su faceta como cantante de jazz cumple con nota alta como protagonista, en un papel en el que Elizabeth realiza un viaje hacia la nada, o lo desconocido, después de sufrir un desengaño amoroso del que la costará recuperarse “diecinueve días y quinientas noches” o varias “blueberry nights” en la mejor de las compañías. A lo largo de este viaje tendrá ocasión de conocer los rincones más oscuros del alma humana en noches de alcohol y lágrimas secas, donde la tristeza reina tras la barra del último bar en horas perdidas bajo la maleza de la noche. Como compañeros de viaje, contará con Arnie, (en un soberbio trabajo de David Strathairn) como personaje ligeramente identificable con su situación personal, y a su vez tan lejano. Arnie tendrá que afrontar el abandono de su mujer Sue Lynne, en otra magnífica interpretación a cargo de Rachel Weisz aportando sensualidad , sufrimiento y ternura a partes iguales. En el último kilómetro de este viaje con posible retorno, podremos disfrutar de la frescura y encanto de Natalie Portman, en un papel tan frívolo y canalla como el de Sharon Stone en "Casino", pero con una cierta profundidad que marcará en gran medida el camino de retorno de Elizabeth. Pero todo este viaje sería un vaivén sin sentido si antes Elizabeth no hubiese conocido a un sencillo y amable camarero llamado Jeremy protagonizado por Jude Law, que será el mejor aliado en sus noches de duermevela, para dar una orientación a esa vida que por momentos parece distorsionada. Law afronta a su vez un papel a su medida con la necesaria naturalidad que le caracteriza.

Con estos moldes Wai configura todo un esquema de emociones adaptando en cierta medida su estilo a una mirada occidental pero sin perder ni un ápice su personalidad y rasgos característicos que han hecho de su cine un icono de perfección y estilismo. Así, nos encontramos con personajes perfectamente identificables en películas como “Chungking Express” o “Fallen Angels”, donde la derrota y la amargura sobrevuela todos y cada uno de sus movimientos, pero siempre reservando un espacio para la ansiada esperanza que pueda reactivar una ilusión ya olvidada. A su vez, podemos disfrutar de sus característicos, brillantes y “voayeristas” encuadres que permiten una contemplación distante pero intensa de lo que ocurre tras la cámara y una degustación de planos donde la belleza de atractivos colores se mezcla con inquietantes claroscuros en un embriagador cocktail imaginativo.
Ciertas escenas parecen extraídas directamente de cuadros de Edward Hopper en una visión tenue pero reflexiva de la naturaleza humana.

A todo esto hay que añadir los siempre efectivos símbolos, (más sencillos de los que usa por ejemplo David Lynch en “Mulholand Drive”), pero tan elocuentes como llaves que esconden historias semi cerradas, puertas que se abren y cierran con sólo una mirada, trenes que pasan a toda velocidad como la fugacidad de algunas relaciones, y por supuesto el día y la noche como dos caras de una moneda que se conforma con caer de canto.

Como marco perfecto para este particular universo, la película cuenta con las canciones de la misma Norah Jones, Cat Power o una acertada adaptación de la melodía de “Deseando Amar” que envuelve todo en un clima de profunda sensualidad y reflejos de nostalgia. Reflejos como los que dispara cada persona sobre nosotros y que –en palabras de Elizabeth- ayuda a crearnos una idea sobre nosotros mismos. Ha evitado (y rectificado) las –a veces- cansinas repeticiones de un tema a lo largo de la película, y consigue un ambiente musical acorde con miradas, sonrisas y momentos de suave y añeja tristeza.

Por último, es imposible no destacar ese maravilloso beso, que escenifica una explosión de emociones largo tiempo guardadas y que está filmada con tanta maestría que lo convierte sin duda alguna en uno de los besos más bellos de la historia del cine.

Con todo, Won Kar Wai ha vuelto a dar una lección de cine, esta vez en tierras lejanas, popularizando un poco más su arte, y regalando otra obra maestra a añadir joyas de su filmografía como “Deseando amar” y “2046”.

sergio_roma00@yahoo.es

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Pregunta digital: Lucrecia Martel


Con motivo de la presentación de la película "La mujer rubia", pude hacerle una pregunta a Lucrecia en una Entrevista Digital otorgada a "El País".



Pregunta nº 1:

Hola Lucrecia. Primeramente me gustaría darte la enhorabuena por la anterior película "La niña santa". Si en dicha película la concepción del bien y el mal era uno de los ejes fundamentales, ¿cuál es en "La mujer rubia" el epicentro de su argumento? Muchas gracias


Sergio, esta nueva pelicula gira en torno a la disolucion de la responsabilidad individual en la clase social a la que pertenece la protagonista, si, quizas esa sea la mejor manera de simplificarlo.


(Leer Entrevista Digital)

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Crítica de: Somers Town

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Amistad y amor en mundos perdidos

Hace dos años el realizador Shane Meadows nos presentaba una película que sin llegar a ser impactante sí causó una buena aceptación por parte de crítica y público. Aquella película (This is England) nos mostraba el fanatismo y poder de persuasión que podían generar ciertas ideas radicales en jóvenes sin apenas criterio propio. La propuesta era interesante, pero pecaba de acercarse demasiado a clichés del género y no profundizar en exceso en diversas circunstancias que pueden dirigir esos movimientos. En cualquier caso, sirvió para la presentación oficial de la promesa de un talento (Thomas Turgoose) que sin haber interpretado nunca demostraba una naturalidad inusual.

En esta ocasión Meadows reincide en la Inglaterra menos amable, pero esta vez para contarnos una historia diferente y más original. Para ello ha vuelto a contar con Thomas Turgoose, quién vuelve a demostrar su capacidad interpretativa para este tipo de papeles, acompañado por Piotr Jagiello que también resulta convincente y efectivo en la transmisión de emociones y sentimientos encontrados. Ambos dan vida a dos adolescentes enfrentados a dos valores fundamentales en puertas de la madurez: la amistad y el amor. La guapísima Elisa Lasowski será el hilo que una emociones nuevas y sueños del mañana en un mundo con pocas oportunidades.
Para narrar esta historia se han empleado elementos fundamentales y realmente efectivos como el blanco y negro, y una cuidadísima fotografía de la mano de Natasha Braier donde las sombras revelan secretos y las luces nos muestran miradas cargadas de añoranza y debilidad.
La película en sí rebosa calidez y en momentos puntuales una cierta ternura, gracias en parte a las acertadas interpretaciones, que permite una complicidad tácita en algunos de los pasajes donde identificarse no resulta complicado si realizamos un viaje nostálgico por la adolescencia personal de cada uno.

“Somers Town” profundiza en las relaciones personales, pero además va un poco más allá, buscando una reflexión acerca de los barrios londinenses donde naufragar es algo cotidiano, y rehacerse día a día supone un esfuerzo titánico en un mar de dificultades. La inmigración, el odio, y el día a día de los nacidos para perder será la base para desarrollar un marco certero donde la esperanza será eje fundamental para encontrar un punto común en vidas que distan desde su inicio.

Shane Meadows vuelve a acertar con una historia cotidiana, pero esta vez con un toque más personal, alejándose en la medida de lo posible de parámetros convencionales y dejando un sello tan personal que servirá de referencia para el cine inglés de los próximos años.
sergio_roma00@yahoo.es

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Crítica de: Appaloosa

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Imponer la justicia es asunto de Virgil Cole


Como todas las cosas o personas que disfrutan de una segunda juventud, el western renace de sus cenizas con improvisado impulso, y en este caso un discreto sabor a tierra mojada y pólvora caliente, que sin llegar a niveles de maestría como “La diligencia”, “Río Rojo” o “Centauros del desierto”, sí nos proporciona elementos de diversión, elegancia narrativa y un aroma nostálgico de aquellos duelos donde la mirada cobraba el mismo valor que la velocidad de una bala.

Si Clint Eastwood nos devolvía la esperanza en aquella magnífica “Sin perdón”, las dos últimas que han llegado a nuestra cartelera “El tren de las tres y diez” y la reciente “Appaloosa” nos vuelven a enamorar con un género típicamente americano, pero universalmente reconocible. Hay clásicos en los que la etiqueta “western” les impide apreciar numerosas virtudes que esconde la película y que la convierten en obra maestra. En el film que nos ocupa, “western” define perfectamente la entretenida historia que nos propone Ed Harris nuevamente tras la cámara después de su exitosa “Pollock” y como protagonista junto a un Vigo Mortensen -varios años- en estado de gracia.

Al igual que en “El tren de las tres y diez”, nuevamente es la pareja de protagonistas la que llevan todo el peso de la película, con su buen hacer, con escuetos pero eficaces diálogos y con una presencia en pantalla que invita a una relajada y reflexiva observación intencionada con el lejano oeste como telón de fondo inconfundible.
La siempre “bridget jonsniana” (que difícil es a veces separarla de aquel papel) Renee Zellweger aporta un gramo justo refrescante a la vez que algún que otro toque cómico, al igual que nuestra siempre guapísima Ariadna Gil seducida por el bueno de la película en un discreto pero aceptable papel de Katie. Como no podía ser de otra forma, el papel de villano sobrevuela al raso en una narración lenta pero eficaz, y de la mano de un experimentado Jeremy Irons como colofón a un reparto de peso y con la categoría suficiente para equilibrar el poco argumento que subyace sobre toda la historia.

Pese a que todo encierra elementos ampliamente conocidos y situaciones mil veces vistas, la manera de narrarlas, las interpretaciones y los diálogos permiten que la película mantenga un vigoroso ritmo y una cierta originalidad que nos impide acudir -al menos inmediatamente- a referencias cercanas (en el género, no en el tiempo) y centrarnos en el pueblo Appaloosa y su destino final en un duelo entre el bien y el mal, la justicia y la ilegalidad, y sobre todo el mantenimiento –a velocidad de bala- del honor.

No es probablemente el western de la década, pero sí nos encontramos ante una interesante y valiente propuesta de un director que pese a la poca experiencia tras las cámaras, sabe perfectamente lo que quiere, y está llamado a ser uno de los cineastas que transformen el lenguaje vulgar en un ejercicio de estilo y elegancia a la altura de pocos e intrépidos vaqueros.

Para ser el más rápido, e imponerse en un mundo de villanos, hay que poseer el mejor arma, y aliarse con los mejores escuderos.


sergio_roma00@yahoo.es





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Crítica de: El Greco

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La batalla entre la luz y la oscuridad a través de la razón



Hay ciertas películas que nos acercan a la vida de un artista de manera entretenida y sobre todo interesante, y sin duda alguna “El Greco” es una de ellas.
Teniendo en cuenta que la figura de Domenikos Theotokopoulos no destaca de manera especial por tener una vida estrictamente inquietante, ni encierra enigmas de excesiva trascendencia (quizás saber quién se esconde tras “El caballero con la mano en el pecho”), y sí por sus magníficas obras, es innegable que se creado un guión pretendidamente cinematográfico en base a la novela del griego Dimitris Siatopoulos, “El pintor de Dios”, donde se permiten ciertas licencias, de dudosa credibilidad histórica, pero que realmente funcionan en pantalla.

La película narra desde una perspectiva muy personal pasajes de la historia del pintor cretense desde sus inicios en la isla de nacimiento, pasando por su etapa italiana hasta su llegada a Toledo. Todo ello con pequeños retazos de sus (escasas) aventuras amorosas más o menos desdibujadas, y su particular relación con el Inquisidor Niño de Guevara.
Será precisamente un retrato de éste, (uno de los retratos más bellos de toda la pintura española tanto por la calidad del tratamiento del atavío como por el profundo perfil psicológico del personaje que esconde) el punto de partida de su particular “via crucis” en una batalla a priori perdida frente a una intolerante Inquisición. La razón, como apoyo supremo de la luz en una lucha sin cuartel contra la oscuridad.

Para trasladarnos a la época renacentista, el poco conocido director griego Yannis Smaragdis (nacido en Heraklion, la misma isla griega de Creta donde nació el pintor) ha contado con diversos escenarios que aportan suntuosidad y crédito histórico, y con el joven inglés Nick Ashdon, como una importante apuesta que cumple perfectamente con la confusa personalidad de un pintor a caballo entre dos estilos de vida y arte diferentes. A su lado, el siempre efectivo Juan Diego Botto, en un papel no exactamente hecho a su medida y la también española Laia Marrull que tanto nos hiciera sufrir en “Te doy mis ojos”. Un discreto reparto, que junto con la griega Dimitra Matsouka cumplen con ligero acierto un cometido al alcance de pocos.

Ni códigos davincianos, ni enigmas de ultratumba. Dos historias de amor y una lucha de la luz frente a la oscuridad son los mimbres en los que se apoya este importante acercamiento a la figura de uno de los pintores más importantes de la historia del arte. Un relato que pese a tener bastantes pasajes históricos de dudosa veracidad, y un inicial nacionalismo griego de importancia relativa para el artista, mantiene en cambio un coherente discurso narrativo y una interesante aventura histórica que sin tener componentes clásicos de thriller del género, sí contiene los elementos necesarios para mantener el interés a través de componentes filosóficos como por ejemplo la exploración del alma humana, tal y como hiciera El Greco en numerosas obras suyas, como en "El entierro del conde Orgaz". Si acaso destacar de manera negativa, la escueta y torpe referencia hacia la figura de Cervantes, que bien se hubiera podido haber evitado, o en su caso tratarla con mayor acierto.

En cualquier caso, una atractiva propuesta que puede dejar indiferente, o resultar enriquecedora para quién se adentre en la figura del artista, pero que en cualquier caso supone un refrescante bálsamo sobre una marea cinematográfica donde últimamente naufraga alguna que otra aventura histórica.

sergio_roma00@yahoo.es

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Crítica de: Red de mentiras

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Mentiras y espionaje con poca historia
Es absolutamente innegable que a estas alturas, y después de una simpar filmografía, la presencia de Ridley Scott tras las cámaras de una nueva producción es sinónimo de cómo mínimo entretenimiento asegurado. Si bien este entretenimiento ha sido en varias ocasiones presentado con maestría y brillantez, en otras en cambio peca de anteponer imágenes sobre historia y espectacularidad sobre argumento medianamente interesante, como lamentablemente ocurre en esta ocasión.

“Red de mentiras” tiene una cara y una cruz respecto a su guión (basado en la novela de David Ignatius). La cara la encontramos en el marcado carácter actual en el que se desarrolla la historia. La ocupación americana en suelo iraquí tras la guerra y sus consecuencias internacionales es el telón de fondo en el que se teje esta red de mentiras y espionajes, lo que se verá traducido en un atractivo viaje por diversos escenarios. La cruz la tenemos sin duda en una pobre historia, tan simple y predecible como su manera de contarla y que se queda en un flojo intento de thriller potente y emocionante apto tan sólo para pasar un rato ligeramente entretenido. Si a esto le sumamos que hay momentos en que la acción deja paso discretamente a la política, conviertiendo la red en un triste panfleto pro-americano, tenemos finalmente un divertimento excesivamente convencional y poco objetivo.

La película por tanto, recurre (como en tantas otras ocasiones) a la presencia de dos actores con el suficiente tirón y sobre todo garantía para atraer gente a las sala y sobre todo cumplir con su cometido con solvencia. Ambos lo logran (esto último de momento), en dos papeles muy diferentes pero con una complicidad que se convierte en el mejor aliado cuando la historia discurre por derroteros parsimoniosos. Por un lado Russell Crowe, con unos pretendido kilos de más nos ofrece su lado más tranquilo y sosegado, en una interpretación a priori sencilla, pero con ráfagas de autenticidad que la experiencia le está otorgando. Enfrente, o a su lado en función del momento físico o emocional en que hablemos, nos encontramos con Leonardo Di Caprio, en un papel muy similar (demasiado) al que interpetara (con bastante acierto) en “Diamantes de sangre” que si bien al inicio resulta interesante, con el discurrir de la historia se va transformando en una burda caricatura cargado de irreal romanticismo, lejos de lo que debiera ser un auténtico agente de la CIA en una de las misiones más importantes del Departamento. Pese a ello su trabajo es destacable, como ya lo fuera en aquella película de Edward Zwick.

Sin intención de quitarle ningún mérito a la irreprochable ejecución técnica del director británico destacable en no pocas ocasiones del film, sí podemos afirmar que en la recentísima “American Gangster” se encontraba bastante más inspirado, y probablemente con mayor motivación que para este proyecto que posee todas las características de flojo producto comercial con escasa acción y gran protagonismos del estelar y destacado (por el nombre) reparto.

Si bien es cierto, que no nos veremos en vueltos en una red de mentira cinematográfica, y sí más bien un film con cierto aroma a cine scottiano, y por tanto poco defraudable, lo cierto es que se esperaba algo más de un cineasta que crea tantas expectativas como decepciones y del que siempre se esperará otra obra maestra como “Blade Runner”. Seguiremos esperando.

sergio_roma00@yahoo.es