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Crítica de: Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel

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Dulce y francesa “pretty woman”


Teniendo en cuenta la época, y muy especialmente el mundo en el que se adentra, la moda, dominada mayoritariamente por hombres, la aparición de esta jovencita francesa supuso todo un acontecimiento, y un verdadero hito ver el cielo hasta donde fue capaz de volar. Pero no es el mundo de la moda ni sus entresijos lo que se cuenta en esta película, sino más bien los orígenes de esta niña huérfana de madre, y la manera en que se fue abriendo camino a base de ingenio y mucha personalidad.

En este sentido, nos encontramos con una historia ya tratada con anterioridad en cine y novelas, en torno al duro recorrido de una persona desde la humildad hasta la popularidad, desde la discreción hasta la leyenda. No hay por tanto en este aspecto innovación, ni lo hay tampoco en la manera de contar la historia, pero sí existe un proceso narrativo elegantemente tratado y que va dejando además momentos de puro entretenimiento mezclados con grandes dosis de sensibilidad y de incluso cierta complicidad con el personaje.

A esto ayuda sin duda alguna, una sensacional interpretación de la que ha dejado de ser “Amelie” para convertirse en una polivalente y siempre fascinante actriz, capaz de transmitir, comunicar y emocionar a través de esas exóticas facciones y esa maravillosa sonrisa. La manera en que Audrey Tatou da vida a Coco Chanel y la dota de una fuerte personalidad y carisma es sencillamente estupenda. Si ya con “Un engaño de lujo” o con “Largo domingo de noviazgo” había dado muestras suficientes de su posible valía, y a pesar del sabor agridulce que nos dejó en “El Código da Vinci”, es con esta “Coco avant Chanel” (título original) cuando su madurez como actriz llega a su punto más álgido, en un papel que es el auténtico centro fundamental de la película y que consigue resolver con una inusual (para su poca experiencia) solvencia.

El variado elenco de secundarios que bailan al son de Audrey, y sin destacar en exceso resultan interesantes y acordes con un tono de fascinación hacia un personaje que va creciendo por momentos.

La película decepcionará a quién se acerque a obtener una nueva visión del frívolo e insustancial mundo de la moda, puesto que como hemos dicho no es el objetivo de esta película, y se pasa tan de puntillas sobre el mismo que apenas adquiere ninguna importancia más que como resultado final a toda una vida de lucha e ingenio. El colofón a una personalidad única y a una valiente decisión.

Es una película que envuelve sin deslumbrar, un bello sombrero bien acomodado, y sobre todo un aromático perfume de esencias parisinas que dejará una discreta y agradable fragancia de permanencia asegurada.


sergio_roma00@yahoo.es

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Crítica de: Presencias extrañas

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La mano que mece la cuna


Cuando Anna vuelve a casa después de permanecer un tiempo en un hospital psiquiátrico la vida de su familia ha dado un giro de noventa grados. A la trágica ausencia de su madre hay que unir la “extraña presencia” de Rachael, en adelante su madrastra con la que chocará en no pocos momentos del film. La presencia de su hermana Alex será fundamental para afrontar esta nueva etapa en su vida.

Aunque la libre (y equivocada) traducción del título original sea “Presencias extrañas” y aunque efectivamente haya ciertas presencias de difícil comprensión y de evidente extrañeza, es “The uninvited” el título (original) que mejor explica toda la trama de la película y nos predispone hacia los sucesos que pueden acontecer a lo largo de una intensa hora y media de puro género terror.

Si bien los hermanos Guard emplean toda una serie de elementos del género ya conocidos, incluida una historia confusa en un paraje aislado, para buscar un resultado efectivo, lo cierto es que discretos giros en el guión y un más que aceptable desarrollo de acontecimientos hacen que estemos ante un más que digno producto que dejará satisfecho a quién se adentre en este frondoso bosque de enigmas, emociones ininterrumpidas y misterios bajo la cama.

Aunque los tan prolíficos (y en la mayor parte de las casos inútiles) remakes americanos de películas de terror asiáticas, pocas veces superan a su predecesor, y aunque en este caso tampoco se consiga, lo cierto es que “Presencias extrañas” supone una digna versión de consumo rápido. La anterior “Dos hermanas” del surcoreano Kim Ji-woon resulta en general más escalofriante a pesar de la frialdad de algunas interpretaciones, pero en líneas generales, ambas versiones consiguen un efecto parecido, y ambas, sin pasar a la historia, resultan convincentes y de un resultado final efectivo y correcto. Quizás se eche en falta algo más de imaginación en el caso norteamericano, en escenas como por ejemplo cuando se descubre el suelo ensangrentado a lo largo del pasillo, en uno de los mejores planos de la película, y que resulta un simple y llano calco del plano de la anterior versión.

Con todo y con eso, “Presencias extrañas” cumple con su cometido con un solvente aprobado; la intensidad se mantiene a lo largo de los noventa minutos que se derramarán gota a gota entre el intento de descifrar ciertos misterios y algún que otro sobresalto con previo aviso que hará las delicias de quién gusta que le pongan a prueba en el cine.

No es, evidentemente la obra cumbre del género del terror, pero sí un título a tener en cuenta cuando la cartelera se encuentre escasa de películas que puedan satisfacer nuestras ansias de entretenimiento.

sergio_roma00@yahoo.es

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Pregunta Digital: Jose Luis Gil


Con motivo de la presentación de la obra de teatro "Te veo", tuve ocasión de hacerle una pregunta a Jose Luis Gil, en un Encuentro Digital para elmundo.es (17 Febrero 2009)

Pregunta nº10

Hola Jose Luis, ¿qué magia tiene el teatro, que tanto os atrae a los actores, y qué compensaciones tiene a pesar de los sacrificios? Muchas gracias. (Sergio Roma)

Es verdad que es muy sacrificado. Es esa obligación de hacer algo creativo cada día. No siempre uno está igual ni a nivel anímico ni nada, pero eso es precisamente lo que hace que sea mágico, todo tiene respuesta inmediata en el público. Cada función es irrepetible. Parecen iguales pero no lo son.


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Crítica de: Noche en el museo 2

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Volver a revivir nocturnamente

Cabría decir a modo de comienzo que aquel que disfrutase con la anterior “Noche en el museo”, muy probablemente también lo hará con esta –algo mejorada- continuación. Y lo hará por muy diversas razones, pese a que en esta ocasión se pierde el siempre tan valorado factor sorpresa.

Por un lado tenemos un nuevo derroche de efectos especiales, casi siempre en su justa medida, y en no pocas ocasiones espectaculares. Dichos efectos nos los encontramos al servicio de personajes de muy diversa factura, donde destacan principalmente dinosaurios que nos rescatan a aquellos jurásicos de Spielberg, Amelia Earhart (mítica fémina piloto) y un sinfín de personajes históricos que van desde un Al Capone en versión blanco y negro, hasta un general Custer con ciertas limitaciones, pasando por un enfático faraón y un reencuentro con el presidente Roosevelt. La combinación de todos ellos resulta ciertamente interesante y en un momento dado la pugna de poder en la que también se ve inmerso Napoleón, se presenta divertida.
Poco aporta en esta secuela Ben Stiller más que su eficaz –económicamente hablando- presencia, en un poco elaborado trabajo carente de chispa y atrevimiento. Sí resulta refrescante en cambio la intervención de una muy guapa Amy Adams, en un papel dinámico y solventado con gran personalidad.

No se aprecia excesiva necesidad de elaborar un complejo guión para explicar por qué Larry Daley vuelve al museo de los personajes vivientes, y sí una clara intención por llevar el film al terreno puramente lúdico de gran atracción visual y de amable y sencilla comedia buscando al mismo espectador que se acercó y disfrutó de la primera entrega.

Cabe destacar sin embargo, una nueva aportación visual artística que resulta como mínimo interesante cuando observamos cómo se mueven los ebrios lienzos de Pollock, o las míticas bailarinas de Degas, así como recobra vida el bohemio bar de Hoper o las deslizantes figuras de Jeff Koons. Todo ello alcanza su punto culminante –y por qué no- fascinante cuando la célebre fotografía tomada por Alfred Eisenstaedt de aquel ardiente beso durante el desfile de la victoria de los marinos en Times Square a finales de la Segunda Guerra Mundial, cobra vida a los ojos de espectador y sentidos de los protagonistas, en lo que es probablemente el momento más interesante de la película.

Hay pocas, aunque ligeramente destacables, novedades por tanto respecto a la anterior “noche” y en ese sentido se juega sobre seguro; se vuelve a apostar por fuegos artificiales y elaborados efectos, con nocturnidad, alevosía y un descarado interés por el agrado directo y por conseguir un producto ameno, y si se puede vibrante.

Segunda parte como la primera. Para bien o para mal.


sergio_roma00@yahoo.es

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Crítica de: Los siete días

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Demasiados días de convivencia familiar

Si Neneh Cherry nos proponía 7 segundos en su sensacional canción “Seven seconds” para reflexionar sobre el mundo, en esta película se nos ofrecen siete días para conocer a una convencional familia judía con las luces y sombras que la intensa convivencia puede derramar a lo largo de los días.

Ronit Elkabetz y Shlomi Elkabetz dibujan un cuadro costumbrista en torno a la muerte de un familiar y los siete días de duelo en donde los familiares más próximos tienen que permanecer en la casa del difunto según tradición. Una excusa perfecta para que Ronit Elkabetz (que a su vez da vida a uno de los personajes más interesantes y Shlomi Elkabetz nos trasladen al mundo de las tradiciones judías, e igualmente al mundo de las hipocresías, malas conciencias y oscura moral, características en este caso universales.

A través de fabulosos planos fijos donde prima la interpretación, en un encuadre sencillo pero profundo, se observan como si de una auténtica ventana abierta se tratase todo un mundo de relaciones sentimentales, odios escondidos, mentiras y admiraciones que se van desarrollando muy lentamente a medida que van pasando los días hasta un estallido final que se complementa con el sonido de las alarmas avisando de la amenaza iraquí en forma de bombardeo.

Nos encontramos con contrastes diversos, una amalgama de personajes tan pintorescos como en ocasiones honestos y sinceros, y sobre todo un estructuración dramática que nos permite ir conociendo poco a poco pero de manera intensa a todos y cada uno de los familiares hasta encontrarnos con un brillante plano final donde comprobamos que conocemos muchos detalles de las vidas de los personajes que en él aparecen y que nos permiten una familiaridad contundente con esas personas.

No hay apenas cabida para el humor, pero sí para algún momento divertido de pura inercia. Existe en cambio un amplio espacio para la observancia crítica y la reflexión sincera sobre las relaciones humanas, la hipocresía social y en definitiva la complejidad de un mundo familiar donde los secretos y los odios se van enterrando de manera tan frágil que en cualquier momento pueden salir a la luz con más potencia que cualquiera de los misiles que amenazan a la población israelí.

Las interpretaciones son todas destacables y con un lado humano y auténtico fascinante, que permiten que el relato se mantenga perfectamente a lo largo de los minutos ganando en confianza y en interés.

Puede que pase sin pena ni gloria por las carteleras, pero a buen seguro que quién haga el valiente ejercicio de asistir a verla, no se sentirá defraudado en absoluto.



sergio_roma00@yahoo.es

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Crítica de: Génova

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La grandeza de narrar con estilo


Existen directores con una capacidad innata para contar historias aunque haya poco que relatar de la misma. Pero lo hacen con tanta brillantez que lo que pudiera parecer insignificante se convierte en trascendente y de interés.

Uno de estos directores es sin duda Michael Winterbottom. El autor de contemporáneos dramas como la sensacional “Wonderland”, o de historias comprometidas como “Un corazón invencible” nos ofrece en este caso una convencional historia narrada con una exquisitez, habilidad y extremada madurez en un bello y especial escenario italiano.

La ciudad de Génova y todo un completo recorrido por calles, personajes, catedrales y monumentos sirve además de dar un importante contenido estético a la película, para aportar una visión distinta, un enfoque medieval dentro de la modernidad social y sobre todo una colección de postales que viajan de manera paralela con los interesantes sucesos que nos pretenden relatar.

Ya de por sí el comienzo adquiere el atractivo de toda historia de pérdida familiar y las consecuencias y dificultades en las que se encuentra un padre que tiene afrontar una nueva vida juntos con sus dos hijas en plena erupción sentimental.
A partir de este momento Winternotttom demuestra una maestría poco usual en contarlo todo donde no hay en apariencia nada, en mantener inquieto a espectador con juegos malabares, narraciones esquivas y trucos de ilusionista que aportan una tensión a la historia que no cesará hasta el final de la película, y que mantendrá un hilo argumental plano pero contado con la solvencia necesaria para transformar algo común y sencillo en una compleja historia de sentimientos, recuerdos y situaciones emocionantes.

En cierta medida Winterbottom nos introduce en la enigmática línea divisoria que separa la absoluta tranquilidad de una vida convencional y los convulsos sucesos que pueden desestabilizar dicha paz en un momento concreto y probablemente casual. Establece una personalísima visión del mundo,donde acontecimientos trágicos sobrevuelan sobre nosotros como si de una espada de Damocles se tratara, y la manera en que hemos aprendido a convivir con esa certeza con esa inquietud.

Aunque no estamos ante el mejor papel de Colin Firth, su trabajo sí aporta la credibilidad necesaria para que podamos entender sus preocupaciones y miedos, y sobre todo sus necesidades y dificultades a las que tiene que hacer frente en una nueva etapa de su vida donde todo es distinto, y donde sus dos hijas están aprendiendo a vivir sin una de las barandillas en las que se apoyaban.

La mezcla entre cámara en mano para momentos de tensión, y bellos planos fijos y pausados para momentos en que los diálogos dominan la escena, o los paisajes hablan por sí solos resultan de una eficacia contundente y colaboran a conseguir de “Génova” en una película con personalidad propia y con el carácter necesario para resultar tan bella como la Piazza de Ferrari o tan conmovedora como un paseo por Via Garibaldi.


sergio_roma00@yahoo.es