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Crítica de: El gato con botas

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Aquí hay gato encerrado

No cabe duda que tras la aparición del famoso gato de la saga Shrek, las simpatías que provocó (en gran parte gracias a la simbiosis conseguida con Antonio Banderas) no podían quedar en aguas de borraja. Quizás la creación de un spin off para este personaje se antojaba algo arriesgada, pero visto el resultado, es evidente que es un acierto, además de una nueva oportunidad de seguir estirando los resquicios de una exitosa saga de animación.

La última película de “Shrek” nos dejó un sabor algo agridulce. Sin ser una mala película, no está a la altura de lo que se esperaba y quizás fue una muestra de que el personaje no da más de sí. Y cuando esto ocurre, nada mejor que potenciar otro personaje, manteniendo los mismos e interesantes elementos que permitieron en su día convertir a Shrek en un ejemplo de comedia de animación.

Antonio Banderas se vuelve a meter en la piel de este seductor gato en un trabajo que pareciera hecho a su medida, y con una facilidad asombrosa, de manera que uno ya no se imagina al gato sin Banderas ni viceversa. Esa simpática irreverencia y esa altivez gatuna se combinan perfectamente con una bondad y sencillez familiar, lo que le convierte en un personaje extremadamente cercano y terriblemente simpático.

Nos encontramos en esta divertida aventura con dos personajes nuevos. Por un lado la encantadora gatita Kitty Softpaws con voz de la bella actriz mexicana Salma Hayek, aportando el punto de sensualidad apropiado para convertir a “Puss in boots” en un torbellino de sensaciones. Por otro lado, Zach Galifianakis (Resacón en las Vegas) da vida a un curioso personaje en forma de huevo que aportará la dualidad entre ambición y amistad, entre inteligencia y oportunismo. Será la pareja que otorgue al Gato con Botas su propia personalidad, en base a las circunstancias adversas en las que se vea inmerso.

No faltará evidentemente la comedia, en forma de situaciones realmente divertidas, bien por un guión bastante acertado o bien por una interpretación de Banderas en una línea más que elevada, ni los diferentes guiños familiares como los famosos “ojitos” de gato que hicieran las delicias en la correspondientes películas de “Shrek”.

Nos hallamos por tanto ante un spin off más que aceptable que no decepcionará a los –numerosos. seguidores de la saga Shrek, y ganará nuevos adeptos entre los que se vean enganchados por la magia de un gato que maúlla con valentía al son de las adversidades y se convertirá en un compañero inseparable de la diversión animada y con carácter.



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Crítica de: Un dios salvaje

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Póker de ases en buenas manos

No es labor nada sencilla adaptar una obra de teatro (de gran éxito) como “Un dios salvaje” (de la autora francesa Yasmina Raze, que pudimos disfrutar en nuestro país de la mano de Aitana Sánchez Gijón, Maribel Verdú, Pere Ponce y Antonio Molero) al cine y que el resultado sea como mínimo correcto. Pero más difícil aún es que en base a unas interpretaciones magistrales, una dirección sublime y una adaptación de guión elaborada y estructurada hasta el más mínimo detalle, estemos hablando de una obra maestra del excelente cineasta Roman Polanski.
Casi toda la acción (salvo el comienzo y el final donde se “airea” brevemente) transcurre en el salón de un apartamento neoyorkino y entre tan sólo cuatro personajes (exceptuando los telefónicos), que empujados por las circunstancia de un altercado juvenil entre sus hijos respectivos y con muchísima voluntad deciden mantener un contacto personal para arreglar el asunto.

Desde el comienzo mismo, la película adquiere un tono elevado de interés gracias a unos portentosos diálogos, el poder que ejercen en pantalla los actores y al interés que va adquiriendo la historia que va aumentando continuamente sin perder en ningún momento ese pulso de intensidad narrativo y esa coherencia imprescindible. Polanski en este sentido domina a la perfección los tiempos, los breves pero certeros movimientos de cámara y dirige a los actores de manera casi milimétrica para que cada gesto, cada palabra encaje a la perfección en un puzle que bajo ningún concepto está dispuesto a descomponer.

Para todo esto, Polanski se rodea de cuatro actores de primera línea, probablemente de lo mejor que hay actualmente en el cine y dichos actores consiguen un trabajo interpretativo magistral:
John C. Reilly es una vieja cara conocida del cine sobre todo en comedias, y aporta desde un comienzo ese lado sencillo y agradable del alma humana. Su razonable involución en la historia, consecuencia de las circunstancias lo desarrolla Reilly con una facilidad asombrosa y consigue en muchos momentos destacar por méritos propios en este póker interpretativo donde estaba llamado a ser casi convidado de piedra. Su trabajo es notable y ayuda a comprender los entresijos internos de una pareja que parecía idílica.

Jodie Foster es una de las actrices más solventes y de garantía. Afronta un complicado papel que resuelve de manera magistral. Refleja el lado más conservador y puritano de la sociedad en un enfrentamiento interno con sus propios males consecuencia en gran medida de ese puritanismo excesivo y esa búsqueda de la sociedad perfecta. Foster combina fases complejas donde se necesita una gran capacidad de adaptación al guión y unas tablas (nunca mejor dicho) logradas con los años.

Kate Winslet se ha convertido por méritos propios en un valor en alza y netamente consolidado. Su participación en “Un dios salvaje” no es evidentemente casual, y encaja como anillo al dedo en un personaje frío, casi inerte pero que como siempre converge en un complicado engranaje de sentimientos dudas y locuras. El alcohol saca su lado más salvaje y convierte la sinceridad en un cuchillo afilado con ánimo de romperse en pedazos tras herir al adversario. Winslet domina la escena, domina al personaje y consigue un tono amable al inicio para ir poco a poco logrando un trabajo notable y de gran envergadura para conocer gran parte de la historia y de la manera de tratarla.

Por último tenemos a Christoph Waltz, que tras “Malditos Bastardos” se ganó el aplauso de crítica y público y que con “Un dios salvaje” va a confirmar su buen hacer en un trabajo sobresaliente. Personifica la ironía, e incluso el sarcasmo en el que la sociedad se mueve, tejiendo una tela de situaciones que envuelve la escena con absoluta maestría. Un trabajo soberbio que atrapa al espectador, lo conquista y le domina por completo, además de arrastrar al resto de personajes gracias a un papel de diez.

Este grandioso cuadro interpretativo está dirigido con una técnica de oficio, y con una autenticidad imprescindible, para convertir un guión (elaborado por el mismo Polanski en colaboración con la propia Yasmina Reza) ya de por sí excelente en un compendio de situaciones tanto dramáticas como cómicas de gran envergadura y con los argumentos necesarios para poder estar hablando de una película sobresaliente.

Nada sobra, todo encaja perfectamente. Polanski en estado puro y en plena forma, donde se muestran cuatro caras del alma humana que reflejan el devenir de una sociedad que muestra distintos conceptos y formas dependiendo del cristal con que se mire, dependiendo de las circunstancias que toque vivir y ocultando lo que de verdad el sentir interno y profundo quiere expresar. Un auténtico lienzo de una sociedad contemporánea que no tiene muy claro cuáles son sus valores y sus objetivos.



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Crítica de: Anonymous

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Ser o no ser el autor

Que Shakespeare está considerado el mayor autor en lengua inglesa de todos los tiempos, creo que está fuera de toda duda. Pero, ¿qué ocurriese si realmente William Shakespeare no hubiese escrito sus obras y tan sólo las hubiese firmado? ¿Quién sería el autor de tan majestuosa obra?

Este es el tema principal en el que se centra “Anonymous”, una historia en principio apasionante y que de haberse narrado de forma como mínimo correcta, estaríamos hablando de una de las películas del año. Por desgracia no es así, y el poco tacto, la densa narración y en líneas generales el poco talento para atrapar al espectador, hacen que lo que pudo ser una película más que interesante se quede en un discreto producto entretenido con el único interés de ver en qué concluye tan curiosa teoría.

Y es que “Anonymous” erra en una característica tan primordial en este tipo de películas como es la autenticidad. En este sentido hace aguas constantemente, no sólo por la espantosa caracterización de Shakespeare buscando dar mayor veracidad a la teoría, y logrando un personaje casi caricaturesco, sino también por el escaso acierto en cuanto dirección artística y composición de personajes se refiere, convirtiendo un serio relato histórico que podría contener el mayor de los respetos desde el punto de vista cultural, en un cuento que en ocasiones distorsiona la realidad de manera poco elegante y en un relato mal estructurado y peor narrado.

Todo el interés con el que uno se acerca en un principio a causa de la curiosa historia, se va evaporando de manera fulminante, perdiendo emoción, interés y sobre todo entretenimiento, que es lo mínimo que cabría esperar de esta producción.

Hay sin embargo, alguna que otra interpretación bastante respetable como la de Rysh Ifans (aquel que nos deslumbrara e inquietara también en “El intruso” de Roger Michell) en el papel principal, y supuesto autor original de las obras literarias, y las de la Reina Elisabeth en sus dos edades, tanto por parte de Joely Richardson (“Los hombres que no amaban a las mujeres”) en la reina joven y Vanessa Redgrave (“La grandeza de vivir”, “Venus”) en una edad más adulta. Estos trabajos son lo más valioso de toda la película, aunque evidentemente por sí solos no pueden salvar un proyecto tan ambicioso y tan mal tratado.

Roland Emmerich no parece que fuese el autor apropiado para emprender este interesante trabajo y puede que ahí es donde todo el engranaje haya fallado de manera lamentable; donde se quiso buscar comercialidad a la vez que rigor histórico, se ha terminado consiguiendo poco interés y menos seriedad de lo que los hechos merecían, en un largometraje que se hace largo y en ocasiones tedioso. Una lástima y una excelente oportunidad perdida.



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Crítica de: El niño de la bicicleta

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Nada marcha sobre ruedas

Quien esté acostumbrado al particular, y casi obsesivo mundo de los autores de esta excelente cinta, los hermanos Dardenne, donde el cine social, comprometido, inquietante e hiperreal vuelve a ser el bastión principal que sostiene toda la historia, “El niño de la bicicleta” le entusiasmará o cuando menos no decepcionará en absoluto. Porque estos excelentes cineastas vuelven a demostrar su gran momento y nos vuelven a emocionar e intrigar con una –en principio- triste historia que se va tornando en una búsqueda desesperada por encontrar raíces de esperanza que vayan guiando un camino que desde un principio se presume catastrófico o como mínimo triste.

El motor principal (siempre hay un poderoso trasfondo en todo el cine Dardenne) que nutre la presente historia es el abandono de un niño de 12 años por parte de un despreocupado padre (Jérémie Renier) con problemas económicos y pocos escrúpulos. Aunque la raíz de la historia podría ser profunda y digna de análisis, los Dardenne no se preocupan por ello (lo que hubiese extendido el metraje de manera excesiva) sino que enrolan directamente las consecuencias del hecho en sí en una sociedad contemporánea donde los valores están siempre en continuo examen y en dudosa perspectiva. Desde esta óptica siempre trasversal y humana el compromiso se adquiere en la adherencia a la problemática infantil en contraposición con la coyuntura económica que barre absolutamente todos los terrenos sociales, evitando en la medida de lo posible una visión excesivamente melodramática de los acontecimientos en busca de un sentido más práctico y de una intención más auténtica a la hora de mostrar el problema.

Y en todo este conglomerado casuístico de una realidad social palpable, los hermanos Dardenne son unos auténticos maestros, como así lo han venido demostrando en películas tan interesantes e importantes como “Rosetta”, “El niño” o la última “El silencio de Lorna”. En todas ellas se imprime un importante sentido de autenticidad sin olvidar ni mucho menos valores cinematográficos importantes pero que en ningún momento distraigan al espectador de lo verdaderamente importante de este trascendental cine: la historia que se quiere contar, y que sobresale como si de una extensión de su dedo denunciante se tratara. Así, reeducar y orientar en un sentido positivo la ira del niño Cyril Catoul (interpretado muy correctamente por el debutante Thomas Doret) ante el incomprensible abandono de su padre se volverá una derivación necesaria del objetivo inicial de los autores, donde la bicicleta hará las veces (metafóricamente hablando) de escape general y vehículo imprescindible a la hora de abandonar una realidad incomprensible para una mentalidad infantil.

Vuelven a confiar, aunque de manera muy breve en esta ocasión, pero importante, con Jérémie Renier, que ya estuviera en “El niño” y en “El silencio de Lorna”, con buenos trabajos en ambas cintas, para darle ese punto de incredulidad y desconcierto que supone el rostro amable del actor en contraposición con la reacción despreciable en la que se mueve, pero es sin duda el trabajo de la estupenda Cécile de France, a la que tuvimos ocasión de ver en la películas de Clint Eastwood “Más allá de la vida”, la que le otorga a esta película el componente necesario para que estemos hablando de un resultado general extraordinario.

Como suele ser habitual también en el cine de los hermanos Dardenne, a pesar de la apariencia de que todo puede encaminarse por los cauces adecuados en esa búsqueda de la esperanza necesaria, en los minutos finales se encargan de que la guinda sea algo más que un final conservador o convencional, proporcionando unos inquietantes minutos que se mueven entre el dramatismo consecuente con la historia y el enigma que supone no saber con exactitud un devenir que se presenta circunspecto.

A pesar de las pocas películas que tenemos hasta el momento de estos cineastas belgas (ocho trabajos), “El niño de la bicicleta” supone un escalón más en una carrera cinematográfica magnífica, y en una manera de hacer cine y de contar historias sobresaliente.



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Crítica de: Otra Tierra

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Mundos paralelos

Quizás englobar a esta película dentro del género de ciencia ficción sería equivocarnos ligeramente, o al menos quedarnos algo lejos de la intención última de esta interesante historia, donde el corazón palpita en torno a una íntima y personal historia, un drama intenso y con importantes secuencias emotivas.

Presentada en el Festival de Sitges, el descubrimiento de un Planeta Tierra duplicado, un clon de nuestro planeta en un día concreto será el inicio de una original historia que paralelamente nos descubrirá la vida interior y personal de las personas a las que la vida les dio un vuelco el día concreto que el clon terrestre apareció en sus vidas. El comienzo no puede ser más apasionante, el devenir de la historia inquietante, mantenerla en tan alto nivel durante todo el metraje ha sido el desafío que no se ha logrado al cien por cien a pesar de conseguir un curioso e interesante producto apto para todos los públicos.

Mike Cahill debutó como director de largometrajes con la interesante y excéntrica comedia “El rey de California” en el año 2007 con Michael Douglas, con la que se ganó el respeto de la crítica y el público. En su segunda incursión abandona por completo la comedia tocando ligeramente la ciencia ficción pero adentrándose descaradamente en el mundo de los rincones oscuros del alma, la decepción, y los estragos que puede producir un accidente casual en la vida de una persona cualquiera y finalmente la capacidad de redención del ser humano.

La actriz protagonista Brit Marling, realiza un estupendo trabajo a la hora de conformar la oscuridad y enigmas que el personaje requiere y plantea algunos interrogantes acerca del citado personaje y de los motivos que la llevan a actuar de una forma determinada. El trabajo la ha valido el Premio a mejor actriz en el reciente Festival de Sitges, premiando sin duda alguna la solvencia en un papel nada sencillo.

Quien busque simple entretenimiento lo va a lograr viendo esta película, pero además quien quiera ir un poco más allá, -nunca mejor dicho- va a encontrar los argumentos suficientes para encontrarse con una película que le permita reflexionar y disfrutar con incógnitas, reflexiones paralelas y ciertos enigmas interesantes, permitiéndonos viajar por el mundo de las segundas oportunidades.



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Crítica de: Another Year

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Las estaciones del año

En muchas ocasiones en la extrema sencillez es donde encontramos los mayores valores de brillantez narrativa y cinematográfica. O sucede también, que lo que a veces viene disfrazado de sencillez no es sino un ejemplo de coherencia y gran labor compositiva con unos moldes precisos y sobre todo las ideas muy claras.
Mike Leigh pertenece a esa rara y casi extinta clase de autores cinematográficos de los que se espera muy poco, de los que aparecen cada año sin hacer ruido, pero de los que casi con toda seguridad nos ofrecen planteamientos alternativos que pudieran parecer convencionales, pero que encierran todo un universo de sensaciones dramáticas y de argumentos atractivos.

En esta ocasión se recurre a varios aspectos fundamentales en la vida de cualquier persona, como la familia, la amistad, la nueva vida, la muerte previsible, la soledad, el cariño, la rutina, etc. Y todo ello desde el enfoque principal de una familia tradicional, una pareja que a pesar de los años mantienen viva la llama de la complicidad y el cariño, y a cuyo alrededor girarán una serie de personajes quizás más complejos y en todos los casos con vidas más incómodas, en un marco narrado originalmente a través de las cuatro estaciones que componen un año cualquiera en las vidas de dichos personajes.

“Another year”, al igual que ocurriese con la sensacional “Secretos y Mentiras” supone para Leigh un elevado salto de calidad respecto a su ya de por sí brillante filmografía. Aquí tenemos conjugados muchos de los aspectos fundamentales que caracterizan su particular cine en un tono más elevado del habitual, y al igual que cineastas como Ken Loach, o los hermanos Dardenne ha sabido labrar un personal, coherente y sobre todo honesto camino sin necesidad de recurrir a falsos dramatismos, exageradas denuncias y aburridos planteamientos filosóficos.

Leigh se arropa de intérpretes consagrados y de plena confianza, con los que ha trabajado en otras películas (Jim Broadbent, Lesley Manville, Ruth Sheen) para modelar unos personajes que parecen no contar con un guión milimetrado, ofreciéndonos unos magníficos diálogos cargados de sensibilidad, deliciosa realidad cotidiana y profunda capacidad empática con el espectador lo que confiere a la historia una complicidad que se agradece y que se incrementa conforme van pasando los minutos logrando que la historia sea tan real que apenas divisemos rasgos de extraña ficción comercial.
Es un conjunto homogéneo, sincero y muy compacto lo que hacen de “Another year” una excelente película, un acertado análisis de las relaciones personales en un mundo contemporáneo quizás demasiado distante y un firme candidato a ser una de las películas del año sin necesidad de recurrir a grandes promociones que dinamiten su extremada autenticidad.


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