Crítica de: Noche en el museo 2

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Volver a revivir nocturnamente

Cabría decir a modo de comienzo que aquel que disfrutase con la anterior “Noche en el museo”, muy probablemente también lo hará con esta –algo mejorada- continuación. Y lo hará por muy diversas razones, pese a que en esta ocasión se pierde el siempre tan valorado factor sorpresa.

Por un lado tenemos un nuevo derroche de efectos especiales, casi siempre en su justa medida, y en no pocas ocasiones espectaculares. Dichos efectos nos los encontramos al servicio de personajes de muy diversa factura, donde destacan principalmente dinosaurios que nos rescatan a aquellos jurásicos de Spielberg, Amelia Earhart (mítica fémina piloto) y un sinfín de personajes históricos que van desde un Al Capone en versión blanco y negro, hasta un general Custer con ciertas limitaciones, pasando por un enfático faraón y un reencuentro con el presidente Roosevelt. La combinación de todos ellos resulta ciertamente interesante y en un momento dado la pugna de poder en la que también se ve inmerso Napoleón, se presenta divertida.
Poco aporta en esta secuela Ben Stiller más que su eficaz –económicamente hablando- presencia, en un poco elaborado trabajo carente de chispa y atrevimiento. Sí resulta refrescante en cambio la intervención de una muy guapa Amy Adams, en un papel dinámico y solventado con gran personalidad.

No se aprecia excesiva necesidad de elaborar un complejo guión para explicar por qué Larry Daley vuelve al museo de los personajes vivientes, y sí una clara intención por llevar el film al terreno puramente lúdico de gran atracción visual y de amable y sencilla comedia buscando al mismo espectador que se acercó y disfrutó de la primera entrega.

Cabe destacar sin embargo, una nueva aportación visual artística que resulta como mínimo interesante cuando observamos cómo se mueven los ebrios lienzos de Pollock, o las míticas bailarinas de Degas, así como recobra vida el bohemio bar de Hoper o las deslizantes figuras de Jeff Koons. Todo ello alcanza su punto culminante –y por qué no- fascinante cuando la célebre fotografía tomada por Alfred Eisenstaedt de aquel ardiente beso durante el desfile de la victoria de los marinos en Times Square a finales de la Segunda Guerra Mundial, cobra vida a los ojos de espectador y sentidos de los protagonistas, en lo que es probablemente el momento más interesante de la película.

Hay pocas, aunque ligeramente destacables, novedades por tanto respecto a la anterior “noche” y en ese sentido se juega sobre seguro; se vuelve a apostar por fuegos artificiales y elaborados efectos, con nocturnidad, alevosía y un descarado interés por el agrado directo y por conseguir un producto ameno, y si se puede vibrante.

Segunda parte como la primera. Para bien o para mal.


sergio_roma00@yahoo.es

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