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Crítica de: Kiseki (Milagro)

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Sueños infantiles

Acercarse al fascinante mundo infantil de la manera en que lo hace el sensacional realizador nipón Kore-eda supone todo un inigualable viaje del que es complicado no quedarse atrapado.

Desde 1998 con su extraña “After Life”, Kore-eda nos ha ido mostrando un mundo particular y una filmografía única que navega tanto por la dureza de una sociedad incomprensible (“Nadie sabe”) como por la magia de las historias singulares (“Air Doll”), pasando por obras maestras de la talla de “Still Walking” donde las relaciones personales suponen todo un reto a la hora de elaborar lazos internos y perdurables.

Si bien, en aquella “Nadie sabe”, se acercaba al mundo infantil de una manera dura, al estilo de los hermanos Dardenne, en este caso se acerca de una manera amable, sensible y desde una distancia adecuada para observar todo el submundo desde una sencilla altura que permite una subjetiva y a la vez maravillosa perspectiva. Los adultos son meros comparsas que ni interrumpen ni protagonizan en ningún momento el devenir de una historia que no por sencilla deja de ser fascinante.

Dos hermanos, al enterarse de la probable consecución de un sueño (o milagro) al estar presentes cuando coinciden dos trenes de alta velocidad en un mismo punto, deciden emprender el primer ( e inolvidable) viaje de sus vidas, contagiando de ese utópico optimismo a sus amigos.

Con un ritmo lento (que no aburrido) y unos diálogos sencillos y escuetos (que no vacíos) Kore-eda construye una historia en la que es palpable está disfrutando en todo momento con cada plano y escena y en la que los niños protagonistas nos permiten hacernos partícipes de su sueño y nos arrastran hacia un maravilloso mundo de la misma manera (aunque con otro estilo) que hiciese Spike Jonze con su fantástica “Donde viven los monstruos”. Todo un ejercicio de cine artesanal y de amor por la historia, los personajes y la manera en que todo se desliza con suavidad, sencillez y muchísima humildad.

Un conjunto ameno, donde se aprecia la mano de un cineasta con talento que nos regala un producto altamente entretenido y especialmente delicado.

Todo un ejemplo de maestría oriental.



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Crítica de: Tan fuerte tan cerca

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La llave de Oskar

Era evidente que una tragedia de tal magnitud como lo que ocurrió el 11 de Septiembre de 2001 en Estados Unidos iba a tener su eco en el cine a través de diferentes géneros y de diferentes puntos de vista. El incómodo Michael Moore realizó una extraordinaria película documental que le valió la Palma de Oro en el Festival de Cannes y que dejaba entrever lo que podía haber detrás de aquel atentado (“Fahrenheit 9/11”). Así mismo, uno de los mejores acercamientos al atentado desde el mismo eje fue “United 93” en un magnífico ejercicio de dirección. Lamentablemente no podemos olvidar la nefasta aportación de Oliver Stone en la patriota y nada interesante “Worls Trade Center” que apenar aportó nada al asunto. Pero en el 2002, tan sólo un año después once cineastas realizaban un estupendo trabajo de estilo, aportando cada uno de ellos (Tanovic, Ken Loach, Iñarritu, Gitai, Sean Penn, Imamura, etc) su particular punto de vista y su personal reflejo tras una cámara.

Ahora nos llega el trabajo de un cineasta que se ha ganado el crédito a pulso con tres trabajos anteriores excepcionales. Su debut con “Billy Elliot” sorprendió por su frescura y su manera de conseguir de la diferencia una virtud, y de la excepción un privilegio, a través del mundo de la danza. “Las horas” es una sensacional narración a tres bandas que gustó tanto a crítica como a público. Y con “The reader” Stephen Daldry se ganaba finalmente una reputación y respeto que permitían esperar mucho de esta última película. Estas tres películas tienen varios nexos en común. Daldry observa la infancia como una plataforma para experimentar, pero también para investigar sobre las posibilidades que ofrece y para cuestionar aspectos apenas inamovibles. Rebeldía e inconformismo son probablemente los motores que unen este particular mundo infantil y que Daldry ha vuelto a emplear en esta interesante “Tan fuerte, tan cerca”.

Oskar Schell es un niño bastante peculiar (magníficamente interpretado por el joven Thomas Horn), que vive en un mundo particular y muy relacionado con su padre (protagonizado por un Tom Hanks que junto con Sandra Bullock se presentan como dos secundarios de lujo). El atentado del 11-S cambiará su vida para siempre, pero además le permitirá realizar la mayor expedición jamás emprendida y quizás la más arriesgada (junto con un estupendo Max Von Sydow en un breve pero soberbio trabajo).

La película pretende narrarse con bastante tacto, intentando no incurrir en lágrima fácil ni en sentimentalismo demasiado condescendiente. Lo malo es que no siempre lo consigue y la película en ocasiones se convierte en demasiado líneal y con un dramatismo excesivamente recurrente. Por fortuna estos momentos son escasos, y lo que de verdad prevalece es una nueva lección de estilo. Una nueva manera de trasladar una novela al cine de manera más que correcta y una pequeña ventana donde acudir a contemplar con cierta tristeza uno de los muchos diminutos capítulos que pudieran haber ocurrido en aquella tragedia tan trascendente. Alexandre Desplat con una maravillosa música acompaña una película que en términos generales deja un buen sabor de boca, que si bien no es la película definitiva sobre los atentados de Nueva York, sí es una pequeña pieza de un puzle que puede aportar una interesante mirada a lo que fue una sinrazón.


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Crítica de: War Horse

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Caballo ganador 

Es indudable que si existe un director en la actualidad que presente nueva película y no pase en absoluto desapercibida, este es sin duda alguna (entro otros pocos) Steven Spielberg. Cualquier nuevo proyecto, incluso aunque sea en la producción (“Super 8”) además de venir con cierta estela de expectación, supone un reencuentro con un cineasta que si algo ha regalado siempre es magia, además de un firme compromiso con el entretenimiento.

“War horse” se presenta a priori como una película amable, sencilla, con un argumento algo simple y con una ligera sensación de que podría ser un pequeño descalabro en la fascinante filmografía del director estadounidense. Sus más de dos horas de duración, suponen un reto para el espectador, y la temática animal todo un desafío.

No son muchas las películas que se han acercado a la vida de los caballos con verdadero acierto, “Vidas rebeldes” sin ser ni mucho menos su temática general es sin duda alguna la más fascinante. La tierna “Dreamer” resulta bastante floja, “Seabiscuit” consiguió cierto éxito comercial sin llegar a ser una gran película, y “El hombre que susurraba a los caballos” se pierde en romanticismos demasiado previsibles. Estas películas, por citar algunas de las más conocidas dicen mucho de la dificultad de conseguir sobre todo autenticidad sin caer en el territorio de la nada.

“War horse” no es una gran película (a pesar de estar nominada para los Oscar como mejor película) pero sí es una película que gusta si uno se acerca sin demasiadas pretensiones. La vida de un caballo desde sus comienzos, incluyendo el adiestramiento de un joven soñador, es el punto de partida de esta entretenida película. Los avatares de una época bélica (Primera Guerra Mundial) provocarán que la vida Joey (nombre del caballo) transcurra entre cañones, fusiles y un ambiente bélico que le llevará a convertirse en un auténtico “caballo de batalla”. El destino jugará caprichosamente tanto con Joey, como con su joven amigo, y la película deparará alguna sorpresa más o menos previsible.

Esta sencilla historia está narrada con dos golpes de efecto fundamentales para conseguir un buen resultado. Por un lado, la maravillosa música de John Williams, que en momentos puntuales (sobre todo al inicio) es tan poderosa que domina por completo la escena. Por otro lado, la manera de manejar tiempos, esquemas y situaciones delicadas de Spielberg que permiten que junto a su sello personalísimo, distingamos un cine que nos resulta tan familiar como apetecible en algunos momentos. De hecho, no es extraño que en muchos de estos momentos nos encontremos con cierto halo nostálgico que nos permitan reconocer a ET en el caballo Joey en algún que otro aspecto sentimental.

La película nos regala además, en su tramo final una sensacional escena, marcada por el sufrimiento de un caballo atrapado entre alambres, en tierra de nadie y con dos soldados rivales bajo bandera blanca intentando salvarle. La escena bien pudiera imaginarse como un homenaje a nuestra magistral “La vaquilla” sobre todo en sus diálogos, y en ambos casos ejemplifica a la perfección una manera de explicar lo absurdo de una guerra y la paradoja del alma humana a la hora de afrontar situaciones cotidianas y humanas.

“War horse” es una película que se deja ver, no tan irritante o indigesta como pudiera parecer al conocer los detalles iniciales y con la garantía de producto bien terminado que sólo puede proporcionar Steven Spielberg.



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Crítica de: Los descendientes

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El paraíso y sus esquinas

Con cinco películas en su haber, y tras esta espléndida “Los descendientes”, no cabe duda de que nos hallamos ante uno de los más brillantes cineastas del cine humanista en Holywood y sobre todo de uno de los mejores adaptadores de novelas.

Siete años después de aquella magnífica y oscarizada “Entre copas”, Alexander Payne vuelve a realizar una adaptación, esta vez de una novela poco conocida de la escritora afincada en Hawai, Kaui Hart Hemmings. Una historia sumamente interesante, que Payne convierte en todo un prodigio de técnica narrativa y que le sirve para mostrar todas sus obsesiones y de paso indagar una vez más en los entresijos e inquietudes del alma humana en su vertiente más extrema y en los momentos más difíciles, tal y como ya hiciese en sus anteriores películas. Tanto en “Election”, como en “A Propósito de Schmidt”, como en “Entre copas”, Payne aprovecha el marco literario que le proporciona una gran historia para de manera paralela y potenciando dicho producto recrearse en historias mínimas, sobre personajes cotidianos en sus momentos más complicados.

“Los descendientes” está ambientada en el idílico y paradisiaco marco hawaiano, y desde ahí mostrando su cara más cotidiana y con la paradoja que ello supone, los rincones más oscuros de los personaje cobran vida para crear una historia que va más allá del simple argumento (de por sí atractivo) y pararse lentamente y una a una en la intimidad de los personajes principales. Matt King (George Clooney) rompe con dicha cotidianidad cuando su mujer sufre un accidente acuático y queda en coma. Tener que afrontar la difícil infancia y adolescencia de sus dos hijas y además terciar con el oscuro secreto que su mujer le ha reservado, se convierten en una difícil papeleta que sólo un actor con solvencia podía manejar con acierto. Un complicado papel que encuentra en Geeoge Clooney al mejor aliado y muestra los mejores registros para componer la mejor interpretación hasta el momento de un actor valiente y con una categoría difícilmente superable. Clooney disfruta con este papel, lo mima y consigue que su personaje sea increíblemente auténtico. Como viene siendo habitual en el cine de Payne, los secundarios no son meros comparsas, y a la agradable sorpresa de Shailene Woodley hay que sumarle la solvencia de Judy Greer en un papel pequeño pero muy acertado.

Todo el universo humano de Payne converge en esta película, la más madura de su filmografía y la convierten en un soberbio ejercicio de claridad y madurez narrativa (muy bien acompañada por la fotografía de Phedon Papamichael) de fluidez (apoyada en la música de Craig Armstrong y temas autóctonos hawaianos) y de buen hacer general, demostrando que no sólo es necesario tener una buena historia entre manos, sino además saber aportarle pericia cinematográfica. Y ahí es donde Alexander Payne es un auténtico maestro.


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Crítica de: Drive

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Conductor suicida

No resulta fácil catalogar esta película que sin bien se presenta como un thriller dinámico, tampoco se puede ocultar que contiene elementos que se acercan al drama e incluso cierta introspección personal en el personaje protagonista que nos alejan de la película de acción al uso.

La estética visual y musical y esa manera de presentar al personaje (del que no conocemos su nombre) protagonizado por Ryan Gosling nos hacen ver que no estamos en absoluto ante una película usual y que ciertos matices no sólo en cuanto a la forma sino en cuanto a la elaboración de los personajes hacen que “Drive” sea un viaje intenso en una carrera sin meta pero con numerosos puntos de arranque e interesantes paradas en el camino.

Ryan Gosling al que pudimos ver hace poco tiempo en “Crazy, Stupid, Love” en un personaje radicalmente diferente, da vida en “Drive” un conductor que bien pudiera haberse sacado de un comic como perfecto antihéroe y que aunque en un inicio apenas aporta nada interesante, con el discurrir de la película y conforme se van conociendo más detalles sobre su vida, y sobre todo sobre su forma de pensar, va adquiriendo cierto interés y una ligera curiosidad por conocer sus inquietudes, especialmente las sentimentales.

Como marco casi aleatorio, pero importante, nos encontramos con interesantes momentos de acción y de suspense que bien pudieran hacernos pensar que “Drive” es una obra bastante completa, al estilo de “Antes que el diablo sepa que has muerto” de Sidney Lumet o “El club de la lucha” ( con la que encontramos ciertas similitudes estéticas) de David Fincher. Por desgracia no nos encontramos con una película que esté a esa altura a pesar de acercarse bastante, y en parte porque el guión se vuelve débil en algún que otro momento y los personajes secundarios no están a la altura de una historia de este calibre.

Nicolas Winding Refnnos nos ofrece una visión personal de gato y ratón basado en la novela de James Sallis que por momentos resulta apasionante y nos introduce en un mundo personal narrado con acierto y el necesario misterio yacente, pero se balancea en una cuerda floja donde no parece que se sienta excesivamente cómodo, derrapa en tramos donde la resolución resulta complicada y en algunas ocasiones no sabe aportar la velocidad adecuada para que el viaje no resulta excesivamente incómodo.

“Drive” es una película marcada por el incestuoso símbolo de “independiente” pero que, carente de algunos elementos fundamentales, puede que no funcione en esos círculos, y tan alejada del convencionalismo tan predecible del cine de acción que puede que tampoco le resulte sencillo presentarse en este ámbito, quedando por tanto en una tierra de nadie donde tendrá que defenderse para conquistar a unos u a otros.
Extraña, inquitante e inusual película.



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Crítica de: The artist

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La belleza y magia del cine mudo

Es inevitable sentir cierta curiosidad cuando nos encontramos con una película francesa de cine mudo en pleno siglo XXI, donde el cine viaja por caminos (no siempre acertados) de una exultante modernidad y tecnología.

Conociendo la escasa filmografía del realizador Michel Hazanavicius tampoco podemos discernir con qué tipo de película nos podemos encontrar, por tanto la expectación a la hora del visionado si no es máxima, al menos alcanza niveles importantes sin saber nada más de ella.

No hacen falta muchos minutos para saber que la película te atrapará por completo. Y lo irá haciendo poco a poco, fotograma a fotograma hasta llegar en algunos momentos incluso a enamorar. Y esto sucede por numerosos factores. Probablemente la magia –eterna- del cine mudo sea uno de ellos aunque no necesariamente el principal. Si comenzamos por el principio, la historia, siendo puramente romántica (el ascenso y descendimiento de una estrella de cine y el enamoramiento entre medias) nos permite reconocer numerosos aspectos que aún hoy contienen enorme vigencia, y sirven de identificación en no pocos casos. El tema concreto de la caída de una estrella de cine (que tan magistralmente relatara Billy Wilder con la obra maestra “El crepúsculo de los dioses”) por los motivos que fuere, tiene su espejo contemporáneo en las continuas transformaciones de una sociedad que avanza a pasos agigantados y que obliga continuamente a una adaptación que no siempre resulta sencilla. En este sentido, la empatía con el personaje principal es máxima, pero aumenta si además como amante del cine, encontramos similitudes con personajes de Gene Kelly especialmente con Don Lockwood en la maravillosa “Cantando bajo la lluvia”, película a la que rinde un descarado y acertado homenaje o cierto aire (en el descenso) al Don Birnam de “Días sin huella” también de Billy Wilder.

Jean Dujardin (“Pequeñas mentiras sin importancia”) encarna perfectamente el papel de actor de éxito en un primer momento y de estrella fracasada después realizando un trabajo interpretativo magistral y un resultado insuperable. A su lado Bérénice Bejo (“El Infierno de Henri-Georges Clouzot”) nos muestra el otro lado de la cara, y su adaptación al formato mudo resulta acertada sin llegar a la brillantez, pero con el encanto necesario (incluso mostrando recordándonos la ternura de Chaplin en algún pasaje) para no desentonar con una historia que no admite el mínimo descenso narrativo ni interpretativo. Una historia que bien podría ser una de las más bonitas historias de amor del cine y que está narrada con la elegancia de quién escribe sintiendo la historia y con minuciosidad a la hora de emplear elementos y herramientas de cine mudo sin quedarse en artificios vacuos que nos impidan llegar al fondo del asunto o perdernos en el vacío de la forma. Más bien, y al contrario, la forma y la manera de narrar este bello cuento enriquecen cada momento, y permiten que la magia del cine se apodere de la sala, y que soñar e imaginar (facilidades que permite el formato mudo) se conviertan en obligados verbos a la hora de disfrutar plenamente de esta extraordinaria película.

Es indudable que todo este conjunto bien elaborado, y no habiendo diálogos, necesita una música adecuada, que de la mano de Ludovic Bource (“OSS 177. Perdido en Río”) consiguen conformar un todo majestuoso y nos permiten disfrutar de una sinfonía emocionante que aporta el poder necesario para que la historia discurra por los caminos más adecuados. Del mismo modo, conviene destacar una fotografía a cargo de Guillaume Schiffman (“Gainsbourg (Vida de un héroe”) cargada de elementos y detalles que ayudan a que el romanticismo adquiera su tono más elevado junto con la mencionada música. Si a todo ello le sumamos una dirección artística más que adecuada, encontramos la redondez de una película que nos transportará y nos hará disfrutar como pocas.

“The artist” contiene además algún que otro elemento cómico (casi todos protagonizados por el perro acompañante del protagonista) y ciertos pasajes nos descubren un cierto realismo mágico (sobresaliente ese sueño en el que George Valentin descubre el sonido de un vaso) que lejos de resultar poco convincentes le aportan un punto de belleza nada desdeñable, en una película que brilla con luz propia. Una película que rinde homenaje al cine en general, y al cine mudo en particular, llena de matices, de sensacionales metáforas y símbolos con una belleza pocas veces vista en una sala de cine.

Si el futuro del cine permite un hueco para este tipo de formatos cinematográficos nunca olvidados, bienvenido el retorno al cine mudo y de enhorabuena nos encontraremos cada vez que Michel Hazanavicius decida deleitarnos con un producto similar: valiente y magistral.



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Crítica de: La bendición de la tierra

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Oda natural y auténtica

Que en plena era digital, donde el cine se encuentra en continua experimentación y donde la tercera dimensión entra en las pantallas de manera constante, se nos presente un “estreno” mudo del año 1921 resulta cuando menos refrescante, valga la paradoja, y nos envuelve de curiosidad su proyección en esta época. El motivo de su restauración, es el hallazgo de dos copias de la película (que se pensaba perdida), en EEUU por un lado, en el año 1971 y otra copia aparecida en Holanda en 1991. El proceso digital de restauración, fotograma por fotograma, y un nuevo montaje, han permitido esta restauración que finalizó en 2009 y que llega ahora a nuestras pantallas.

Poco se sabe de los inicios del cine noruego, y no es hasta el año 1920 cuando empieza a tomar cierta importancia y comienza a abrirse un camino interesante. En esta época la naturaleza toma un papel importante como así lo hace también en “La bendición de la tierra”. Su director, Gunnar Sommerfeldt está considerado un pionero del lenguaje cinematográfico, y la película, una obra fundamental en la historia del cine.

La película parte de un entrañable guión, basado en la novela homónima del Nobel noruego Knut Hamsun, y trasladada al cine como un canto a la libertad, el individualismo y sus vicisitudes, pero sobre todo el naturalismo, actuando de precursora en este campo. Los espacios abiertos, los paisajes y la luz natural son una constante en esta maravillosa película que narra las aventuras de un hombre sin pasado que se instala en absoluta soledad en un claro de un bosque, en una tierra de nadie y desde comenzará a forjar su presente y más tarde su futuro y el del pueblo que irá construyendo.

A través de esta aventura, el director noruego se permite indagar sobre multitud de aspectos del alma humana, así como la trascendencia de la industrialización y la alternativa de la naturaleza como vía de escape espiritual y como modo de vida. Los valores y su profundo análisis tendrán una importancia fundamental y a pesar de los años transcurridos no pierden en absoluto vigencia y nos permite abordar la reflexión con absoluta actualidad.

Amund Rydland es el protagonista principal, y está acompañado de tres rostros principales, Karen Thalbitzer (su compañera de aventuras), Ragna Wettergreen ( como símbolo del lado más oscuro del alma humana) y el propio Gunnar Sommerfeldt en un papel de poca trascendencia.

Para la restauración, la banda sonora original de Leif Halvorsen (primer compositor cinematográfico noruego), se ha digitalizado a las órdenes del director de orquesta, Frank Strobel, especialista en música de clásicos del cine mudo, creando acompañamiento perfecto a un ambiente natural y no exento de tensiones.

La extrema corrección con la que está rodada, y el cuidado de cada plano nos permiten un estupendo disfrute de una película muda que nos regala escenas tan interesantes como un pasaje onírico de quién se debate entre la vida y la muerte en sobre exposiciones que nos permiten comprobar la depurada técnica conseguida en el estudio cinematográfico del autor.

Un auténtico goce cinematográfico que disfrutarán especialmente los amantes del cine mudo, pero que puede sorprender gratamente a cualquier espectador que no esté muy habituado con este tipo de cine y encuentre en esta película una ocasión perfecta para su conocimiento.



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Crítica de: El gato con botas

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Aquí hay gato encerrado

No cabe duda que tras la aparición del famoso gato de la saga Shrek, las simpatías que provocó (en gran parte gracias a la simbiosis conseguida con Antonio Banderas) no podían quedar en aguas de borraja. Quizás la creación de un spin off para este personaje se antojaba algo arriesgada, pero visto el resultado, es evidente que es un acierto, además de una nueva oportunidad de seguir estirando los resquicios de una exitosa saga de animación.

La última película de “Shrek” nos dejó un sabor algo agridulce. Sin ser una mala película, no está a la altura de lo que se esperaba y quizás fue una muestra de que el personaje no da más de sí. Y cuando esto ocurre, nada mejor que potenciar otro personaje, manteniendo los mismos e interesantes elementos que permitieron en su día convertir a Shrek en un ejemplo de comedia de animación.

Antonio Banderas se vuelve a meter en la piel de este seductor gato en un trabajo que pareciera hecho a su medida, y con una facilidad asombrosa, de manera que uno ya no se imagina al gato sin Banderas ni viceversa. Esa simpática irreverencia y esa altivez gatuna se combinan perfectamente con una bondad y sencillez familiar, lo que le convierte en un personaje extremadamente cercano y terriblemente simpático.

Nos encontramos en esta divertida aventura con dos personajes nuevos. Por un lado la encantadora gatita Kitty Softpaws con voz de la bella actriz mexicana Salma Hayek, aportando el punto de sensualidad apropiado para convertir a “Puss in boots” en un torbellino de sensaciones. Por otro lado, Zach Galifianakis (Resacón en las Vegas) da vida a un curioso personaje en forma de huevo que aportará la dualidad entre ambición y amistad, entre inteligencia y oportunismo. Será la pareja que otorgue al Gato con Botas su propia personalidad, en base a las circunstancias adversas en las que se vea inmerso.

No faltará evidentemente la comedia, en forma de situaciones realmente divertidas, bien por un guión bastante acertado o bien por una interpretación de Banderas en una línea más que elevada, ni los diferentes guiños familiares como los famosos “ojitos” de gato que hicieran las delicias en la correspondientes películas de “Shrek”.

Nos hallamos por tanto ante un spin off más que aceptable que no decepcionará a los –numerosos. seguidores de la saga Shrek, y ganará nuevos adeptos entre los que se vean enganchados por la magia de un gato que maúlla con valentía al son de las adversidades y se convertirá en un compañero inseparable de la diversión animada y con carácter.



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Crítica de: Un dios salvaje

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Póker de ases en buenas manos

No es labor nada sencilla adaptar una obra de teatro (de gran éxito) como “Un dios salvaje” (de la autora francesa Yasmina Raze, que pudimos disfrutar en nuestro país de la mano de Aitana Sánchez Gijón, Maribel Verdú, Pere Ponce y Antonio Molero) al cine y que el resultado sea como mínimo correcto. Pero más difícil aún es que en base a unas interpretaciones magistrales, una dirección sublime y una adaptación de guión elaborada y estructurada hasta el más mínimo detalle, estemos hablando de una obra maestra del excelente cineasta Roman Polanski.
Casi toda la acción (salvo el comienzo y el final donde se “airea” brevemente) transcurre en el salón de un apartamento neoyorkino y entre tan sólo cuatro personajes (exceptuando los telefónicos), que empujados por las circunstancia de un altercado juvenil entre sus hijos respectivos y con muchísima voluntad deciden mantener un contacto personal para arreglar el asunto.

Desde el comienzo mismo, la película adquiere un tono elevado de interés gracias a unos portentosos diálogos, el poder que ejercen en pantalla los actores y al interés que va adquiriendo la historia que va aumentando continuamente sin perder en ningún momento ese pulso de intensidad narrativo y esa coherencia imprescindible. Polanski en este sentido domina a la perfección los tiempos, los breves pero certeros movimientos de cámara y dirige a los actores de manera casi milimétrica para que cada gesto, cada palabra encaje a la perfección en un puzle que bajo ningún concepto está dispuesto a descomponer.

Para todo esto, Polanski se rodea de cuatro actores de primera línea, probablemente de lo mejor que hay actualmente en el cine y dichos actores consiguen un trabajo interpretativo magistral:
John C. Reilly es una vieja cara conocida del cine sobre todo en comedias, y aporta desde un comienzo ese lado sencillo y agradable del alma humana. Su razonable involución en la historia, consecuencia de las circunstancias lo desarrolla Reilly con una facilidad asombrosa y consigue en muchos momentos destacar por méritos propios en este póker interpretativo donde estaba llamado a ser casi convidado de piedra. Su trabajo es notable y ayuda a comprender los entresijos internos de una pareja que parecía idílica.

Jodie Foster es una de las actrices más solventes y de garantía. Afronta un complicado papel que resuelve de manera magistral. Refleja el lado más conservador y puritano de la sociedad en un enfrentamiento interno con sus propios males consecuencia en gran medida de ese puritanismo excesivo y esa búsqueda de la sociedad perfecta. Foster combina fases complejas donde se necesita una gran capacidad de adaptación al guión y unas tablas (nunca mejor dicho) logradas con los años.

Kate Winslet se ha convertido por méritos propios en un valor en alza y netamente consolidado. Su participación en “Un dios salvaje” no es evidentemente casual, y encaja como anillo al dedo en un personaje frío, casi inerte pero que como siempre converge en un complicado engranaje de sentimientos dudas y locuras. El alcohol saca su lado más salvaje y convierte la sinceridad en un cuchillo afilado con ánimo de romperse en pedazos tras herir al adversario. Winslet domina la escena, domina al personaje y consigue un tono amable al inicio para ir poco a poco logrando un trabajo notable y de gran envergadura para conocer gran parte de la historia y de la manera de tratarla.

Por último tenemos a Christoph Waltz, que tras “Malditos Bastardos” se ganó el aplauso de crítica y público y que con “Un dios salvaje” va a confirmar su buen hacer en un trabajo sobresaliente. Personifica la ironía, e incluso el sarcasmo en el que la sociedad se mueve, tejiendo una tela de situaciones que envuelve la escena con absoluta maestría. Un trabajo soberbio que atrapa al espectador, lo conquista y le domina por completo, además de arrastrar al resto de personajes gracias a un papel de diez.

Este grandioso cuadro interpretativo está dirigido con una técnica de oficio, y con una autenticidad imprescindible, para convertir un guión (elaborado por el mismo Polanski en colaboración con la propia Yasmina Reza) ya de por sí excelente en un compendio de situaciones tanto dramáticas como cómicas de gran envergadura y con los argumentos necesarios para poder estar hablando de una película sobresaliente.

Nada sobra, todo encaja perfectamente. Polanski en estado puro y en plena forma, donde se muestran cuatro caras del alma humana que reflejan el devenir de una sociedad que muestra distintos conceptos y formas dependiendo del cristal con que se mire, dependiendo de las circunstancias que toque vivir y ocultando lo que de verdad el sentir interno y profundo quiere expresar. Un auténtico lienzo de una sociedad contemporánea que no tiene muy claro cuáles son sus valores y sus objetivos.



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Crítica de: Anonymous

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Ser o no ser el autor

Que Shakespeare está considerado el mayor autor en lengua inglesa de todos los tiempos, creo que está fuera de toda duda. Pero, ¿qué ocurriese si realmente William Shakespeare no hubiese escrito sus obras y tan sólo las hubiese firmado? ¿Quién sería el autor de tan majestuosa obra?

Este es el tema principal en el que se centra “Anonymous”, una historia en principio apasionante y que de haberse narrado de forma como mínimo correcta, estaríamos hablando de una de las películas del año. Por desgracia no es así, y el poco tacto, la densa narración y en líneas generales el poco talento para atrapar al espectador, hacen que lo que pudo ser una película más que interesante se quede en un discreto producto entretenido con el único interés de ver en qué concluye tan curiosa teoría.

Y es que “Anonymous” erra en una característica tan primordial en este tipo de películas como es la autenticidad. En este sentido hace aguas constantemente, no sólo por la espantosa caracterización de Shakespeare buscando dar mayor veracidad a la teoría, y logrando un personaje casi caricaturesco, sino también por el escaso acierto en cuanto dirección artística y composición de personajes se refiere, convirtiendo un serio relato histórico que podría contener el mayor de los respetos desde el punto de vista cultural, en un cuento que en ocasiones distorsiona la realidad de manera poco elegante y en un relato mal estructurado y peor narrado.

Todo el interés con el que uno se acerca en un principio a causa de la curiosa historia, se va evaporando de manera fulminante, perdiendo emoción, interés y sobre todo entretenimiento, que es lo mínimo que cabría esperar de esta producción.

Hay sin embargo, alguna que otra interpretación bastante respetable como la de Rysh Ifans (aquel que nos deslumbrara e inquietara también en “El intruso” de Roger Michell) en el papel principal, y supuesto autor original de las obras literarias, y las de la Reina Elisabeth en sus dos edades, tanto por parte de Joely Richardson (“Los hombres que no amaban a las mujeres”) en la reina joven y Vanessa Redgrave (“La grandeza de vivir”, “Venus”) en una edad más adulta. Estos trabajos son lo más valioso de toda la película, aunque evidentemente por sí solos no pueden salvar un proyecto tan ambicioso y tan mal tratado.

Roland Emmerich no parece que fuese el autor apropiado para emprender este interesante trabajo y puede que ahí es donde todo el engranaje haya fallado de manera lamentable; donde se quiso buscar comercialidad a la vez que rigor histórico, se ha terminado consiguiendo poco interés y menos seriedad de lo que los hechos merecían, en un largometraje que se hace largo y en ocasiones tedioso. Una lástima y una excelente oportunidad perdida.



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Crítica de: El niño de la bicicleta

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Nada marcha sobre ruedas

Quien esté acostumbrado al particular, y casi obsesivo mundo de los autores de esta excelente cinta, los hermanos Dardenne, donde el cine social, comprometido, inquietante e hiperreal vuelve a ser el bastión principal que sostiene toda la historia, “El niño de la bicicleta” le entusiasmará o cuando menos no decepcionará en absoluto. Porque estos excelentes cineastas vuelven a demostrar su gran momento y nos vuelven a emocionar e intrigar con una –en principio- triste historia que se va tornando en una búsqueda desesperada por encontrar raíces de esperanza que vayan guiando un camino que desde un principio se presume catastrófico o como mínimo triste.

El motor principal (siempre hay un poderoso trasfondo en todo el cine Dardenne) que nutre la presente historia es el abandono de un niño de 12 años por parte de un despreocupado padre (Jérémie Renier) con problemas económicos y pocos escrúpulos. Aunque la raíz de la historia podría ser profunda y digna de análisis, los Dardenne no se preocupan por ello (lo que hubiese extendido el metraje de manera excesiva) sino que enrolan directamente las consecuencias del hecho en sí en una sociedad contemporánea donde los valores están siempre en continuo examen y en dudosa perspectiva. Desde esta óptica siempre trasversal y humana el compromiso se adquiere en la adherencia a la problemática infantil en contraposición con la coyuntura económica que barre absolutamente todos los terrenos sociales, evitando en la medida de lo posible una visión excesivamente melodramática de los acontecimientos en busca de un sentido más práctico y de una intención más auténtica a la hora de mostrar el problema.

Y en todo este conglomerado casuístico de una realidad social palpable, los hermanos Dardenne son unos auténticos maestros, como así lo han venido demostrando en películas tan interesantes e importantes como “Rosetta”, “El niño” o la última “El silencio de Lorna”. En todas ellas se imprime un importante sentido de autenticidad sin olvidar ni mucho menos valores cinematográficos importantes pero que en ningún momento distraigan al espectador de lo verdaderamente importante de este trascendental cine: la historia que se quiere contar, y que sobresale como si de una extensión de su dedo denunciante se tratara. Así, reeducar y orientar en un sentido positivo la ira del niño Cyril Catoul (interpretado muy correctamente por el debutante Thomas Doret) ante el incomprensible abandono de su padre se volverá una derivación necesaria del objetivo inicial de los autores, donde la bicicleta hará las veces (metafóricamente hablando) de escape general y vehículo imprescindible a la hora de abandonar una realidad incomprensible para una mentalidad infantil.

Vuelven a confiar, aunque de manera muy breve en esta ocasión, pero importante, con Jérémie Renier, que ya estuviera en “El niño” y en “El silencio de Lorna”, con buenos trabajos en ambas cintas, para darle ese punto de incredulidad y desconcierto que supone el rostro amable del actor en contraposición con la reacción despreciable en la que se mueve, pero es sin duda el trabajo de la estupenda Cécile de France, a la que tuvimos ocasión de ver en la películas de Clint Eastwood “Más allá de la vida”, la que le otorga a esta película el componente necesario para que estemos hablando de un resultado general extraordinario.

Como suele ser habitual también en el cine de los hermanos Dardenne, a pesar de la apariencia de que todo puede encaminarse por los cauces adecuados en esa búsqueda de la esperanza necesaria, en los minutos finales se encargan de que la guinda sea algo más que un final conservador o convencional, proporcionando unos inquietantes minutos que se mueven entre el dramatismo consecuente con la historia y el enigma que supone no saber con exactitud un devenir que se presenta circunspecto.

A pesar de las pocas películas que tenemos hasta el momento de estos cineastas belgas (ocho trabajos), “El niño de la bicicleta” supone un escalón más en una carrera cinematográfica magnífica, y en una manera de hacer cine y de contar historias sobresaliente.



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Crítica de: Otra Tierra

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Mundos paralelos

Quizás englobar a esta película dentro del género de ciencia ficción sería equivocarnos ligeramente, o al menos quedarnos algo lejos de la intención última de esta interesante historia, donde el corazón palpita en torno a una íntima y personal historia, un drama intenso y con importantes secuencias emotivas.

Presentada en el Festival de Sitges, el descubrimiento de un Planeta Tierra duplicado, un clon de nuestro planeta en un día concreto será el inicio de una original historia que paralelamente nos descubrirá la vida interior y personal de las personas a las que la vida les dio un vuelco el día concreto que el clon terrestre apareció en sus vidas. El comienzo no puede ser más apasionante, el devenir de la historia inquietante, mantenerla en tan alto nivel durante todo el metraje ha sido el desafío que no se ha logrado al cien por cien a pesar de conseguir un curioso e interesante producto apto para todos los públicos.

Mike Cahill debutó como director de largometrajes con la interesante y excéntrica comedia “El rey de California” en el año 2007 con Michael Douglas, con la que se ganó el respeto de la crítica y el público. En su segunda incursión abandona por completo la comedia tocando ligeramente la ciencia ficción pero adentrándose descaradamente en el mundo de los rincones oscuros del alma, la decepción, y los estragos que puede producir un accidente casual en la vida de una persona cualquiera y finalmente la capacidad de redención del ser humano.

La actriz protagonista Brit Marling, realiza un estupendo trabajo a la hora de conformar la oscuridad y enigmas que el personaje requiere y plantea algunos interrogantes acerca del citado personaje y de los motivos que la llevan a actuar de una forma determinada. El trabajo la ha valido el Premio a mejor actriz en el reciente Festival de Sitges, premiando sin duda alguna la solvencia en un papel nada sencillo.

Quien busque simple entretenimiento lo va a lograr viendo esta película, pero además quien quiera ir un poco más allá, -nunca mejor dicho- va a encontrar los argumentos suficientes para encontrarse con una película que le permita reflexionar y disfrutar con incógnitas, reflexiones paralelas y ciertos enigmas interesantes, permitiéndonos viajar por el mundo de las segundas oportunidades.



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