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Crítica de: Toy Story 3

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Jugando con la perfección

Antes de comentar la película, conviene destacar algo a lo que los chicos de Pixar nos están felizmente acostumbrando. Se trata de un corto al inicio, titulado “Día y Noche”, que supone además de un extraordinario aperitivo de lo que a continuación nos espera, toda una declaración de principios e intenciones y un fantástico espectáculo de más o menos cinco minutos donde poder disfrutar una vez más de la magia de esta factoría en versión breve.

Tras este estimulante bocado y sin apenas tiempo para pestañear, arranca “Toy Story 3” con una espectacular escena de aventura que nos dejará bien claro el listón al que aspira esta película y que a lo largo de los noventa y tres minutos intentará demostrar con empeño.

Tanto Spike Jonze con su magnífica “Donde viven los monstruos” como Tim Burton y su discreta “Alicia en el país de las maravillas” han dado buena cuenta que el cine imaginativo y de interés estético y en cierta medida intelectual atraviesa por un momento aceptable y con un buen manejo del lenguaje fílmico necesario para presentarse ante edades diversas. “Toy Story 3” y en concreto Lee Unkrich toma buena nota de esta premisa, que por otro lado maneja con envidiable soltura y nos presenta un relato que si bien no aporta demasiado en cuanto a estricto guión se refiere si sobresale de manera abiertamente destacada en cuanto a la manera de narrar, de deslumbrar y en todos los sentidos de sorprender.

Tomando como base que Andy, aquel niño con el que muchos nos identificamos a través de guiños a una infancia diferente a la actual, ha cumplido diecisiete años y tiene que acudir a la universidad, la película adquiere desde un primer momento un aroma nostálgico que no abandonará en ningún momento y que servirá de hilo conductor para transmitir todas aquellas emociones que necesitan extrapolarse al campo de la reflexión cotidiana. Este viaje de Andy hacia la madurez provocará otro viaje de nuestros queridos compañeros juguetes hacia lo desconocido. Y este fascinante viaje nos dará la oportunidad de conocer y disfrutar con nuevos personajes a cuál más dinámico, y enriquecedor para el devenir de la historia: la pareja Ken y Barbie es todo un prodigio de humor, así como el payaso Sonrisitas, Monkey o el mismísimo Lotso (impresionante hallazgo de oso protagonista para esta nueva entrega). Todo un arsenal de espectaculares personajes, que de la mano de un formidable escenario hacen las delicias de quién se acerca a conocerlos. Los personajes ya conocidos mantienen su esencia, e incluso se superan en imaginación (impagable la intervención de Buzz Lightyear en su doble versión).

“Toy Story 3” alcanza cotas de una altura poco comparable. Nos hallamos ante una espectacular película que contiene todos los ingredientes –y más- para hablar de una obra maestra del cine de animación. La película –cómo no- emociona, divierte, entretiene, deslumbra, sorprende y en definitiva maravilla. Contiene momentos de vibrante dinamismo, así como pausados pasajes que mezclan la nostalgia con la alegría de quién no tiene otro remedio que continuar caminando con la cabeza bien alta, en el fugaz viaje por las diferentes etapas de la vida.

Hay escenas de un poder emotivo pocas veces igualable, así como otros momentos donde la risa es tan inevitable como las ganas de seguir disfrutando de este fascinante espectáculo de color, fantasía, imaginación y sobre todo muchísimo ingenio.

El formato 3-D le añade un plus de calidad a la película, aunque pudiera ser prescindible, así como su versión original se antoja necesaria si se quiere disfrutar de Tom Hanks, Tim Allen, Michael Keaton o Joan Cusack, por poner cuatro ejemplos significativos que están estupendos. Además de la aportación de un “castellanizado” Buzz Lightyear en un pequeño guiño a nuestra lengua que conviene tenerse en cuenta.

Película redonda, una opción imprescindible en la cartelera y sin duda alguna la mejor entrega de la que ya de por sí es una saga magnífica.


sergio_roma00@yahoo.es

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Crítica de: Shrek. Felices para siempre

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Agridulce capítulo final

Cuando en el año 2009 irrumpía en las pantallas de cine aquel extraño ogro y su curiosa ciénaga de la mano de DreamWorks, pocos podían presagiar que sería el comienzo de una interesante y respetada saga. Lo cierto es que en su momento supuso una explosión de creatividad, un desvergonzado ejercicio de humor y sobre todo un paso al frente en una “fratricida” lucha con la factoría Pixar. Nueve años después nos encontramos con el último recorrido del ogro Shrek, en un capítulo final en el que destaca nuevamente la capacidad técnica, aupada por unos excelentes gráficos 3D, y arropados a su vez por la complicidad que ha supuesto el seguimiento de las desventuras de estos personajes.

Esta última entrega contiene muchos de los ingredientes que han maravillado y conjugado favor de crítica y público a lo largo de estos años, y en este sentido poca decepción nos encontramos ante una historia que contiene un punto de originalidad y una nueva visión tanto de personajes principales como de alguna que otra interesante novedad. Una vez garantizado el espectáculo técnico, la comedia romántica que supone el comienzo va derivando en una modesta aventura que tendrá como destino final el punto de partida, aunque parezca una paradoja.

Desde una visión algo más exigente, se esperaba mucho más de este “Felices para siempre”, y en cierto modo queda la sensación de que esto ya no da para más. Que entretiene, en ocasiones divierte, pero no deslumbra ni supone un punto de ruptura respecto a convencionalismos en el cine de animación como sí lo supuso antaño. Nos encontramos pues ante una aceptable propuesta continuista, que si bien viene a mejorar la tercera entrega, se queda ligeramente lejos de las dos primeras, y supone un cierre de ciclo algo agridulce y con una sensación de que se podía haber hecho algo mejor.
Dicho lo cual continúa siendo una excelente opción a la que agarrarse en estos momentos en que la cartelera ofrece pocas garantías, al menos hasta la inminente llegada de la obra maestra realizada por Pixar “Toy Story 3”, y que -esta sí-, supone un golpe arrollador en la mesa, y una contundente victoria en esta –maravillosa- lucha por el poder en el cine de animación.

El ogro regresa a la ciénaga, la abandona voluntariamente para luego volver a añorarla. Idas y venidas de una de la más apasionante saga del cine de animación que hemos tenido oportunidad de disfrutar varios años.


sergio_roma00@yahoo.es

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Crítica de: Madres e hijas

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Acertada conjunción de historias paralelas

Si hay algo que ha caracterizado la breve pero fructífera carrera del cineasta Rodrigo García (hijo del sensacional literato autor de “Cien años de soledad”) es su particular manera de contar historias. Si obviamos el nefasto e incomprensible thriller “Passengers”, el resto de su obra viene marcado por un profundo concepto del drama íntimo, personal y extraordinariamente privado. Con su ópera prima “Cosas que diría con solo mirarla”, presentaba sus credenciales a la vez que sus referencias, y nos mostraba un barrio de Los Angeles desde un punto de vista femenino, un universo en ocasiones traumático, pero con tantos puntos comunes como caminos paralelos. “Nueve vidas” supuso la confirmación de que estábamos ante un cineasta a tener en cuenta. De nuevo el universo femenino y en este caso la prisión (metafórica y literal) como enlace, como cruce inevitable.

En esta ocasión reincide en retratar el ángulo de la mujer desde tres puntos de vista diferentes. A priori pudiera parecer que nos hallamos ante dos historias con nexo en común; la mujer madura, amargada y con un triste pasado y la joven solitaria que lucha contra sus propios fantasmas. Y en un tercer término la mujer “felizmente casada” y con la necesidad de ser madre aunque sea de adopción. El desarrollo de la historia nos conducirá a un estupendo final donde las piezas del puzle encajan con suavidad y la historia encuentra la similitud y grado de moderado dramatismo apropiado para un intenso climax final.

El punto fuerte que emplea García, que además se encarga de elaborar el guión, son las historias en sí. Estas se encuentran narradas desde una perspectiva sobria, donde la fotografía percibe los matices con extraordinaria cautela, y donde los personajes interactúan de manera independiente pero dejando un rastro ineludible a la hora de ir elaborando la propia historia común. Las mujeres protagonistas se encuentran magníficamente interpretadas, de manera que a la verosimilitud necesaria para su papel se añade una aportación majestuosa en la manera de identificar y mostrar los aspectos más escondidos. Kerry Washington nos traslada a la vida de la mujer de color, casada y con la fortuna aparentemente sonriendo en cada cristal de cada ventana de una casa de cuento de hadas. La desesperación y la amargura serán los rasgos que Washington se encargará de transmitir en este peculiar personaje. Annette Bening echará mano de experiencia y pese a encontrarse con un personaje complejo, aportará lo necesario para convertirlo creíble e incómodo, pese a que en ocasiones ralle la excentricidad más imperfecta. Pero será sin duda alguna Naomi Watts la que destaca especialmente para mostrarnos un enfoque tan dramático como real, dando vida a un personaje tan oscuro como descarado, y dando muestras una vez más de que la muchacha londinense es una extraordinaria actriz con la magia y coraje necesarios para dar vida a personajes complejos y nada tradicionales.

En una historia de personajes se acierta plenamente con las interpretaciones, y tampoco podemos olvidar el lado masculino, de la mano de un Samuel L. Jackson que sin necesidad de mostrar su mejor registro se aleja de registros más violentos y aporta la experiencia suficiente para que la historia no haga aguas en ningún momento y más bien mantenga el tono elevado y especialmente delicado con su aportación.

Historias paralelas de madres dañadas, la sensibilidad de vidas marcadas por un pasado traicionero y cruel, la soledad más traumática, el efímero sueño de la felicidad más pasajera, y la lágrima más íntima y causal son algunos de los rasgos que acompañan a esta estupenda película que nos trasladan a los mundos de Alejandro González Iñárritu y su extraordinaria trilogía, Paul Thomas Anderson y aquel palpitante universo de magnolias, Paul Haggis y su manera de hacer colisionar varios estadios de pasión y drama y por su puesto Robert Altman y su estupenda “Vidas cruzadas” que tantos cimientos ha prestado y tantas variantes ha admitido.

Cine de alto y poco pretencioso grado dramático, intensidad constante y un estilo propio, particular y patente para narrar sin fisuras en un marco común y desalentador donde nos espera un acertado final digno de una película con suficiente peso fílmico como para ser tenida en cuenta sin ningún tipo de complejo.


sergio_roma00@yahoo.es