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Crítica de: Más allá de la vida

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El arte de narrar con carácter

Una narración casi artesanal. Una manera de contar historias de manera pausada, sosegada sin ánimo de apresurar acontecimientos aunque sean nimios. El pequeño arte del cuentacuentos cinematográfico.

Esto, en líneas generales es lo que caracteriza el último cine del maestro Clint Eastwood, y esto es lo que primeramente nos ofrece con su última película “Más allá de la vida”, que defraudará a pocos de los seguidores de este particular cineasta.

Tres historias, sin aparente nexo común más que el tema principal que no es otro que la propia muerte. La dama oscura que acecha y que en este caso plantea reflexiones sobre la otra vida sin complejos, sin necesidad de análisis profundamente científico pero con un marcado intento de darle un carácter moral que va más allá (nunca mejor dicho) de una simple lectura frívola y que provoca un ligero sentimiento de interés hasta en la mente más escéptico en estos asuntos tan poco conocidos. Nada de dogmas radicalmente subjetivos, pero sí una leve lectura filosófica de un acontecimiento que no por ser rutinario nos sigue resultando enigmático. No es casual que el director octogenario se plantee este y otros dilemas las alturas de su vida, pero resulta sorprendente la lucidez de planteamiento, el alejamiento radical de una postura ligera o superficial.

La primera historia nos lleva a conocer como de una exitosa vida profesional y sentimental por parte de la presentadora francesa Marie (Cécile de France), se puede pasar al más profundo aislamiento y desamparo por culpa del acercamiento a la muerte a través de un desastre natural. La segunda historia nos lleva a conocer la tristeza y la incredulidad de un niño al afrontar la muerte de su hermano gemelo, y con una madre drogadicta. Por último, Eastwood nos presenta al personaje que a priori podría ser el epicentro de la historia, a través de un médium (Matt Damon) que aparentemente y sin engaño alguno es capaz de ver más allá de la vida.

Eastwood elabora este trío de historias de manera absolutamente independiente pero con la particularidad de mantenerlas de alguna forma ligadas en la retina del espectador para enriquecer cada una de ellas y en cierta medida alimentarse y combinarse indirectamente entre las mismas. Uno presiente que estas historias paralelas, aunque lejos geográficamente se entrelazarán de alguna manera, se fusionarán para conseguir un éxtasis final redentor y con visos de solución a los dilemas que se plantean. No será hasta el tramo final cuando se podrá observar si existe dicha fusión, pero mientras tanto todas y cada una de las tres historias contendrán tanto interés individualmente, que por ellas mismas mantendrán la película en un elevado nivel narrativo y emocional. En este sentido es imposible no acordarse de la trilogía de González Iñárritu (Amores perros, 21 gramos, Babel) del cine de Rodrigo García (Cosas que diría con solo mirarla, Nueve vidas, Madres e hijas) o de la excelente Crash de Paul Haggis, para hacernos una idea de un cine que eficazmente se adentra en el particular y siempre controvertido estigma personal del alma humana.

La película además se adhiere al momento contemporáneo de globalización y se enmarca en tres escenarios geográficos completamente distintos y en dos idiomas (francés e inglés) a la vez que el guión de Peter Morgan emplea acontecimientos históricos relativamente recientes y de gran impacto social como el tsunami del sudeste asiático, o los atentados de Londres, para añadir modernidad, actualidad y un enfoque puramente contemporáneo que permite una visión estrictamente personal de los acontecimientos.

La certera música proviene del mismo Eastwood y la fotografía -de su fiel Tom Stern- añade ese halo denso y oscuro necesario en numerosos momentos para conseguir un climax de misterio e intriga que acompañará a no pocos instantes del film. Un film que además contiene soplos entrañables, algún enfoque íntimo de cierto nivel emocional y sobre todo una estructura narrativa tan bien elaborada que conmueve y mantiene el interés a partes iguales durante todo el intenso metraje.

Eastwood vuelve a dar con la tecla adecuada. Vuelve a hacer profundizar en el lado más amable y sensitivo del ser humano, y nos regala una propuesta interesante, reflexiva, y en algunos momentos sublime.


sergio_roma00@yahoo.es

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Crítica de: Camino a la libertad

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El triunfo de la épica

Que Peter Weir es un director valiente y de un cine muy personal, lo corroboran películas anteriores como "Unico testigo", "El club de los poetas muertos", o "El show de Truman". Por eso no es extraño encontrarse con un proyecto de tal envergadura envuelto en un digno halo de humildad acompañado de una escasa y discreta promoción comercial.

Peter Weir afronta en esta película un capítulo de la historia poco conocido, pero no por ello menos interesante, como es la existencia de los Gulags en la Rusia estalinista. Escapar de una prisión siberiana y todo el recorrido hasta encontrar la libertad será el camino de que deberán recorrer tanto protagonistas como espectadores en este drama épico basado en hechos reales.

Lo más destacable de "Camino a la libertad" es sin duda alguna el inmenso trabajo tanto de actores como de director que se vislumbra en los innumerables aspectos que el film nos proporciona. La variedad de idiomas (todos ellos perfectamente coherentes con la historia), de adaptaciones a climas, de situaciones peligrosas, etc, etc nos permiten comprobar que tras la cámara ha habido un compromiso que va más allá del puro cine comercial, y una profesionalidad que busca algo más que el mero aplauso interpretativo. Tanto Ed Harris, en un papel perfectamente pensado para él, como el sorprendente Colin Farrell en uno de los mejores trabajos de su carrera, como la poco conocida Saoirse Ronan, y sobre todo el magnífico Jim Sturgess conforman un equipo que encaja a la perfección en una aventura sin límites donde la complicidad de todos y cada uno de ellos puede dar o no al traste con el devenir de la película. Los diálogos, las miradas, los silencios...todo ello conforma un mundo personal e indispensable que permite que la historia (quizás excesivamente larga) discurra por un lineal y encomiable discurso narrativo que acepta el trato con el espectador en el idioma universal del entretenimiento.

Porque la película de Weir es muy entretenida. Y practicamente no deja de serlo en ningún momento. Pero dicho esto, a uno le queda la impresión de la ocasión desperdiciada. Con los moldes existentes, y un mayor enfoque narrativo y argumental, bien podríamos estar hablando de la película del año por diversos motivos. En cambio, "Camino a la libertad" se queda en una buena película en la que en cierta medida tanto esfuerzo por parte de todo el equipo se queda en suspenso ante una historia que no termina de emocionar, que a pesar de la buena complicidad de los actores, no terminan de convencer en el sentido más personal de sus relaciones, y que en definitiva se pierde en caminos excesivamente épicos para terminar sobreponiendo la aventura a la intensidad emotiva, dejando un poso amargo que impide ver el amplio espectro que en principio de había creado.

La estupenda interpretación de Jim Sturgess, que ya nos convenciera con "50 hombres muertos", nos permite confirmar un valor en alza dentro del cine contemporáneo, y la firmeza de convicciones y buen dominio de la dirección del maestro Weir, nos permite disfrutar de una película recomendable, y esperar en el futuro un nuevo y sorprendente proyecto.

No es, como pudiera parecer, la gran película de Weir, pero sí es en cambio una interesante opción para además de acercarse a un capítulo no muy conocido de la Segunda Guerra Mundial, disfrutar con espectaculares paisajes, y admirar momentos interpretativos de gran calibre.


sergio_roma00@yahoo.es