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Crítica de: Poesía

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La belleza eterna


Enaltecer la belleza desde una vertiente poética y con el susurro de la palabra y la insinuación de una imagen, es un privilegio como autor que está al alcance de muy pocos, y uno de ellos es sin duda alguna el cineasta que ya nos dejase aquella maravillosa “Secret Sunshine” de hace tan sólo tres años, Chang-dong Lee. En aquella particular odisea era Shin-ae una madre recientemente viuda la que vive la más dura de las experiencias, y será su soledad y su impotencia los motores que pondrán en marcha todo un mundo de tristezas y añoranzas. Como en “Secret Sunshine” y dando la impresión de que estamos ante un extraordinaria díptico sobre la soledad femenina desde diferentes perspectivas, “Poesía” ahonda en el sufrimiento paralelo en los desenlaces desafortunados y en la pérdida de una esperanza hacia unos personajes que pudieran tener un destino predefinido y de difícil conmutación, pero en permanente lucha contra ese destino precisamente y en la búsqueda constante de un cauce más dinámico a una vida de por sí excesivamente rutinaria.

Pero esta vez, Chang-dong Lee va más allá en todos los sentidos. Sobre el marco de la poesía, de los versos, construye toda una historia cargada de matices y con diferentes connotaciones que nos lleva a situarnos desde varias ventanas que dan a un mismo paisaje crepuscular. Tanto el personaje principal, la tierna y sensible Mi-ja, como toda la amalgama de secundarios imprescindibles, participan de un decorado bañado en versos sin hablar de la poesía más que en abstracto, y creando un universo cautivador y enormemente emotivo.

Mi-ja está interpretado por la mítica (en Corea del Sur) Jeong-hee Yoon que tras una prolongada ausencia en las pantallas, vuelve a demostrar que es la mejor actriz de la historia del cine coreano, en lo que probablemente es el mejor papel de su carrera. Jeong-hee Yoon aporta tanto al personaje y lo enriquece de tal manera que permite una empatía tan intensa como emotiva con una sensacional transparencia y total fluidez dramática.

La historia es dramática desde su comienzo con un hecho trágico (el suicidio de una adolescente), pero Chang-dong Lee la va convirtiendo con absoluta maestría en todo un homenaje a la narración más conmovedora y variada, y todo un compendio de buenas artes al servicio de una imagen tan expresiva como sustancial.

“Poesía” es una postal cinematográfica que encierra versos tanto enigmáticos como sencillos, tan efusivos como irónicos, tan emotivos como absortos. Un encuentro con el presente más trágico desde el pasado más incomprendido. Una brillante manera de acercarse a la belleza.

Una belleza interminable y eterna.


sergio_roma00@yahoo.es

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Crítica de: Cruzando el límite

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El internado infernal

Las relaciones entre padres e hijos adolescentes en los últimos años, donde se ha reducido considerablemente la autoridad paterna para bien o para mal, supone un verdadero problema social y todo un tormento para los padres que no son capaces de atajar una situación que en numerosas ocasiones se les va de las manos. La psicología se perfila como una de las soluciones, pero la imaginación del guionista Pere Saballs i Nadal nos propone otra opción en esta extraña película que navega entre dos aguas y que no termina de llegar a puerto seguro en ningún momento.

Partiendo de este conflicto social, Xavi Giménez dirige esta película que juega a estirar los extremos, maneja la esencia de la extraordinaria novela de Aldous Huxley “Un mundo feliz” en su versión de adoctrinamiento juvenil llevándolo a la exaltación violenta, pero no se maneja con soltura en este ambiente, y peca de poca solidez y escasa credibilidad en sus planteamientos más importantes.

En esta ocasión, padre que tiene que terciar con rebelde sin causa se encuentra con la posibilidad de internarlo en un centro de modificación de conducta con unos métodos reprobables y unos resultados más que dudosos como no podía ser de otra forma.

Ni las buenas interpretaciones de Marcel Borrás y Adolfo Fernández como padre e hijo consiguen levantar mínimamente un argumento que se plantea inicialmente como atractivo y que deriva en una historia que no sabe encajar como debiera la parte extrema con la parte más íntima, y donde las historias paralelas (especialmente esa edulcorada relación de infidelidad) resultan nada interesantes y alejadas en todo momento del clima resultante.

La música realizada por Macaco es el mayor acierto de la película y sabe perfectamente adaptarse a esta historia aunque la misma no consiga la estabilidad suficiente como para atraer a un espectador que nada más sentarse en la butaca siente como le están hipnotizando y se encuentra predispuesto a disfrutar con una historia arrebatadora.

Si la reciente película francesa “LOL” fracasaba por ser extremadamente superficial, “Yellow” (así se titula en su proyección internacional) no funciona por no saber plantear una realidad social con una ficción exagerada en un plano de equilibrio necesario y no conseguido.

“Cruzando el límite” nos deja eso sí una buena escena final de dialogo abrupto entre padre e hijo que bien merece la pena destacar dentro de un film que en todo caso puede resultar curioso en algunos aspectos morales y en algún planteamiento estético.


sergio_roma00@yahoo.es

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Crítica de: Scott Pilgrim

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Delirio pop colorista

Situando una película en su contexto adecuado, entendiendo las formas al margen del fondo y aceptando los orígenes y referencias, uno puede disfrutar plenamente de un producto tan atípico como “Scott Pilgrim”.

Basada en un popular comic del canadiense Bryan Lee O'Malley, el film se postula como una acertada extensión del cómic casi en todos sus conceptos, y gracias a esta premisa, funciona con absoluta fluidez y con un detallismo continuado y poco especulativo.

Scott es un adolescente que vive en Toronto, que sueña con conquistar a la enigmática Ramona Flowers. Pero para conquistar el corazón de esta chica, deberá derrotar a sus siete “ex novios malvados”. Este simple inicio narrativo será empleado por el director Edgar Wright –aquel que nos sorprendiera como una comedia romántica con zombies (Zombies party) y con aquella sutil y divertida parodia (Arma fatal)- para componer un estructurado y colorista mosaico pop donde la forma se superpondrá de tal manera al fondo que apenas este último adquirirá la suficiente importancia como para destacar por sí solo. En este sentido se podría decir sin problemas que la película es el puro comic con retazos de videojuego. Es decir, respeta tanto el formato y lo maneja con tanta soltura y atrevimiento que cómic-cine-videojuego forman una tripleta formal de innegable interés visual y de pocas fisuras.

Aparte de esto, Wright emplea elementos de comedia – a veces surrealista, pero siempre descarada- para apoyar la historia y convertir la narración en un espectáculo divertido y con enormes dosis de voluptuosa esencia “burtoniana”. Y es que si la influencia de Tim Burton se puede apreciar en algunos detalles, películas como la reciente “Kick Ass” o la obra de Tarantino “Kill Bill”, son claros exponentes de un cine donde todo juega a favor del espectáculo, y el resultado final se verá más favorecido cuanto más se empleen los medios alternativos al estricto mecanismo cinematográfico. Todo ello, nos lleva a un ambiente de cultura pop adolescente, donde tiene tanta importancia la escenificación, como la música (casi siempre independiente) o las referencias literarias o cinematográficas. Todo un compendio que nos obliga a recordar inevitablemente la obra de Andy Warhol en todas sus vertientes y la estela que ha ido dejando a lo largo de los años.

En este ambiente, las interpretaciones se ajustan estrictamente al formato, y el mismo protagonista Scott Pilgrim (Michael Cera) que guarda cierto parecido estético con aquel lejano Jack Putter (Martin Short) de la curiosa “El chip prodigioso”, supone todo un antihéroe a la vieja usanza pero con toques post modernistas.

Con todo su riesgo y valentía, la película funciona, y gustará especialmente a quienes más identificados se sientan con los conceptos aportados (que no necesariamente frikis) y quienes disfruten con excelsas peleas a lo “street fighter” junior y comedia en ocasiones absurda, en un ambiente puramente virtual y pintoresco.


sergio_roma00@yahoo.es

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Crítica de: Copia certificada

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Duplicando la realidad


¿Es posible que una copia pueda ser mejor que un original? Probablemente la respuesta a simple vista puede resultar sencilla, principalmente si hablamos del arte, como comienza “Copia certifcada” centrándonos el argumento. Pero lo cierto es que vivimos en un convulso mundo en el que los estados emocionales adquieren más importancia que nunca y donde la realidad y la ficción se superponen y se duplican como la copia y el original en el arte, de manera que en ocasiones responder a esa inicial cuestión no suponga un ejercicio tan sencillo, y sí en cambio un dilema moral y en segundo término intelectual.

Abbas Kiarostami es un maestro en exponer al foco de la opinión pública las miserias y desventuras del alma humana, y darle una confusa pero pragmática categoría de trascendencia. “El sabor de las cerezas” supuso su definitiva consagración como cineasta, pero títulos tan imprescindibles como “¿Dónde está la casa de mi amigo?”, o “El viento nos llevará” le certifican como un director paradigmático de la nueva ola iraní, y de un cine intimista y comprometido con el ser humano como pocos.

Su primera incursión en el cine occidental no podía haber sido más brillante. Sin perder de vista en ningún momento su característico cine, nos propone en esta ocasión un juego de composturas, un viaje que nos conducirá a la trasposición de los términos y los personajes con el fantasma de la paradoja como eje consensuado. Kiarostami se divierte, pero del mismo modo se pone a prueba y de paso examina la capacidad del espectador para asumir un rol incómodo pero al mismo tiempo placentero. Una trampa perfectamente estudiada y acondicionada para construir una historia que lejos de parecer que carezca de pies y cabeza es un perfecto edificio estructural de ideas, sentimientos y emociones que divergirán en múltiples caminos y opciones, creando una maravillosa tela de araña imaginativa y lúdica.

En cierto modo se puede hablar de un intento por encontrar la esencia y fundamento de las relaciones de pareja en distintos ámbitos y edades, tomando en este sentido un ligero camino autobiográfico y convirtiendo la película en algunas fases en un pormenorizado estudio de las diferentes situaciones que debe afrontar una convivencia continuada, y lo hace de la manera más original posible, a través de la transfiguración de unos personajes complejos y dinámicos. Para ello, Kiarostami rompe –necesariamente- con su loable actitud de trabajar con actores no profesionales para contar con en esta ocasión con Juliette Binoche como pieza imprescindible y de resultado extraordinario, y con William Shimell como inestimable y acertado compañero de “armas”.

Con la Toscana como inmejorable marco la película viaja (como ya hiciese Richard Linklater con “Antes del atardecer” en París) de manera pausada pero intensa a través de unos escenarios envidiables en un entorno conversacional agradable, ameno y por supuesto reflexivo, existiendo un punto intermedio desde donde la película tomará diversos caminos. Un cambio en absoluto brusco, y sí muy acorde con todo el clima hasta entonces creado, y que permitirá un seguimiento natural dentro de la evidente complejidad en la que nos hallamos.

Abbas Kiarostami firma una magnífica película, con “Te querré siempre” de Rosellini como referente ineludible, o la magia de los transposición de personajes de las películas de David Lynch como “Carretera perdida” o sobre todo “Mulholland Drive”, como eje principal para contar la historia de manera diferente a lo habitual, pero siempre con un pronunciado sello de autor, y un talento envidiable para desarrollar una historia a priori convencional y lenta, en un prodigio de estructura narrativa, dramática y emocional.


sergio_roma00@yahoo.es

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Crítica de: Los ojos de Julia

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Bajo las tinieblas

Nuevamente nos encontramos hablando de una reciente película de terror e intriga de la mano de un joven director de nuestro cine, eso sí amparado por un Guillermo del Toro que en ocasiones cuesta creer que se involucre realmente en algunos proyectos. Un género muy bien tratado en los últimos años en nuestro país, y rompiendo moldes en cuanto a estética y originalidad. En nuestra retina aún permanecen películas como “Los otros”, “Rec”, “El orfanato” y directores como Fresnadillo o los hermanos Pastor, con cierta relevancia fuera de nuestras fronteras.

En esta ocasión la película viene firmada por Guillem Morales, del que sólo conocemos la modesta “El habitante incierto”, y al que se le ha dado la oportunidad de contar con un buen reparto y con una cuidada producción.
El resultado final no se puede decir que esté a la altura de lo anteriormente mencionado. Junto a Oriol Paulo diseña un guión que si bien tiene cierto atractivo al comienzo de la película, según se va desarrollando la historia se va convirtiendo en una acumulación de clichés y de elementos poco novedosos, que obligan a ir perdiendo poco a poco el interés.

Julia es una mujer que poco a poco va perdiendo la vista debido a una enfermedad degenerativa, al igual que le ocurrió a su hermana gemela. Este ambiente de tinieblas lo aprovechará Morales para jugar con artificios bastante convencionales aunque de una manera correcta y aceptable en algunos momentos. El problema es que todo lo que se aventura sorpresivo, novedoso o intrigante se va convirtiendo en encajes abruptos de guión que nos dejan la sensación de haber visto alguna vez aquella u otra escena, y convierten a la historia en relato muy conservador y con pocos alardes imaginativos.

Para elevar el tono de la película nadie mejor que Lluis Homar en un nuevo excelente papel, y la popular Belén Rueda, que si bien realiza un papel bastante destacable se ve oscurecido por las limitaciones del personaje creado, y sobre todo por la descarada copia del personaje reciente de Laura en la película “El orfanato”. Y lo cierto es que se encuentran algunas más similitudes con esta película que hacen cuestionar seriamente la elección del reparto.

Morales también nos guarda un pequeño homenaje a “El silencio de los corderos” y nos permite rememorar tiempos felices del género, aunque la diferencia sea palpable y demasiado destacada.

En líneas generales la película se disfruta como una más para los amantes del género, y con cierto atractivo para el resto, con muy pocas ambiciones a priori y con la urgente y poco plausible necesidad de agradar a todo tipo de público.



sergio_roma00@yahoo.es