Crítica de: Los girasoles ciegos

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En busca del sol


Hay personas que por las circunstancias que les ha tocado vivir, o por una época en concreto, se orientan sin una brújula que les pueda indicar el norte o lo que es peor, sin capacidad para apreciar la luz que pueda llegar en algún momento a servir de guía. Se podría decir que este tipo de personas son como girasoles ciegos, personas a las que la luz de la vida no les llega directamente. La Biblia habla – tal como se dice en la película- de girasoles ciegos, como “personas desorientadas, que no ven el sol y andan dando tumbos cada uno por un lado”. Sólo los que tienen capacidad para girar libremente pueden verse castigados por esa misma luz que antaño les hacía moverse en una dirección concreta. Una batalla perdida en medio de un campo de naturaleza muerta.

Esta es una historia principalmente de perdedores, de dichos girasoles que tuvieron que compartir resquicios de luz con la poderosa oscuridad que lo anhela todo, y sobre todo de luchas constantes por sobrevivir a un destino injusto, plagado de obstáculos en un camino donde sólo existe la posibilidad de la digna huida o la cobarde y triste permanencia, en una decisión que pocos debieran prejuzgar de antemano.
También se trata de una película de silencios, algunos plácidamente buscados, y otros en cambio (los más) injustamente obligados. Silencios que se van transformando poco a poco en secretos y en mentiras que pueden salvar una vida, y en definitiva en una manera de vivir de espaldas a la realidad, con la esperanza como el único motor de un ser humano que poco a poco se va desvaneciendo entre la oscuridad de dicho silencio y la crueldad del olvido.

Dijo en una ocasión Jose Luis Cuerda: “siempre me han gustado las historias de moral difícil”, y a buen seguro que en este caso Jose Luis se siente plenamente satisfecho con el hallazgo y posterior desarrollo de esta historia, inicialmente expuesta en la novela homónima de Alberto Méndez y adaptada para esta película por el guionista recientemente fallecido Rafael Azcona y el mismo director. Si bien la novela se compone de varios relatos, para la adaptación se ha decidido llevar a la pantalla dos de ellos, y en concreto la última historia de este magnífico libro, que trata sobre un profesor de literatura republicano obligado a esconderse tras un armario habilitado para la ocasión, después de la Guerra Civil española y en temor a las represiones sufridas en esa época. Jose Luis siempre ha dejado claro que sus adaptaciones no tienen por qué ser una versión estrictamente fiel de la novela, sino que más bien se trata de una idea desde la que partir, y un conjunto al que darle forma a su estilo y pensamiento. Y esto también queda plasmado en esta película, donde existen variaciones tanto en la ubicación (Ourense) ante la imposibilidad de encontrar en la actualidad un Madrid de la época como en la novela, como en las personalidades de algunos personajes como el de Salvador, al que el escritor Alberto Méndez le otorga un grado más grave de arrepentimiento (y por tanto de confusión) que el que se refleja en la película.

El trío protagonista lo conforman Javier Cámara (Ricardo) en una interpretación sobria, sin apenas resquicios para la sonrisa a la que tantas veces nos tenía acostumbrados, y con una seriedad digna del personaje que interpreta, consiguiendo la palidez (física y psíquica) necesaria para constituir una actitud que en ningún momento quiere perder la dignidad, pero que poco a poco se va autodestruyendo por las circunstancias. Sin duda alguna Javier rinde su particular homenaje a tantos “Ricardos” de la época con su buena interpretación. Ricardo siempre se verá apoyado por su sufrida mujer (Elena) en otro magnífico trabajo por parte de Maribel Verdú que sigue desarrollando una excelente carrera (que no ha pasado desapercibida para Francis Ford Coppola) y que en este caso y con un registro que maneja a la perfección consigue dar vida a un personaje que refleja en todo momento sufrimiento, dolor y especialmente tristeza. Pero sin duda alguna, el papel más complejo es el del diácono Salvador, brillantemente interpretado por Raúl Arévalo que logra mutarse en la piel de un aspirante a sacerdote de tal manera que gestos, silencios, miradas y diálogos resultan altamente convincentes, y permiten que el personaje sea el eje a través del cuál se desarrolla toda la historia de manera más o menos intensa. Los secundarios Martín Rivas, Irene Escolar, Jose Angel Ejido y Roger Princep cumplen con acierto pese a sus breves intervenciones, aunque sea difícil olvidarse que el niño no siga viendo los fantasmas de “El orfanato”.

“Los girasoles ciegos” se trata de una buena película; una historia bien contada, formalmente sobria y correcta manteniendo el espíritu de la novela y con un trasfondo (levemente) político aceptable y en esta ocasión, necesario. Quizás se eche en falta una mayor amplitud en la historia paralela que se describe al inicio (la de Lalo y Elenita) y que se mantiene viva a lo largo de todo el metraje más por pequeñas alusiones que por plenas secuencias y situaciones que la historia claramente se merecía, y que aunque hubiese alargado la película, la habría enriquecido de manera importante.

Pese a esto último, el conjunto puede que sea la mejor obra de Jose Luis Cuerda, muy al estilo de “La lengua de las mariposas” pero con un guión más elaborado y complejo. Una película para la reflexión y la tristeza con la historia de rencores como telón de fondo. Una historia que conmueve y encoge el corazón. En definitiva, una nueva ocasión para reencontrarnos con un pasado que no por lejano debiera caer en el olvido.

sergio_roma00@yahoo.es



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