Crítica - Boyhood (Momentos de una vida)

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Magistral obra cinematográfica 

 En cierta ocasión John Lennon dijo que “La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”. Durante una maravillosa escena de esta película, uno de los personajes se cuestiona si somos nosotros los que buscamos los momentos o son los momentos los que finalmente nos encuentran a nosotros. Tanto la frase del genio musical de Liverpool como la citada del personaje de la película podrían conformar dos vasos comunicantes a través de los cuales entender la intencionalidad narrativa por la que discurre esta original y portentosa obra. Una película rodada durante doce años, en tan sólo treinta y nueve días de rodaje durante ese tiempo, y con los mismos actores protagonistas y su consecuente devenir temporal. Esto ya de por sí le confiere un estatus de singularidad a este gran proyecto cinematográfico, pero esto por sí solo no sería suficiente para hablar de lo que es sin duda una auténtica obra maestra.

Nos encontramos ante “momentos de una vida” como reza el subtítulo en castellano, de una familia que se encuentra con los padres separados (Ethan Hawke y Patricia Arquette en dos trabajos notables) y el consecuente conflicto emocional que provoca en los dos hijos, Mason (Ellar Coltrane) y Samantha (Lorelei Linklater, hija del director). El eje principal se centra en Mason, que será el personaje que empleará Richard Linklater para dar rienda suelta a todo su talento como narrador. Un Mason que con tan sólo seis años se nos presenta en la primera secuencia, observando tranquilamente el cielo, permitiéndonos advertir un carácter ecléctico y misterioso que le acompañará a lo largo de su vida.



Tras maravillar al mundo cinematográfico con la trilogía “Before” (“Antes del Amanecer”, “Antes del Atardecer”, “Antes del anochecer”) el director y guionista Richard Linklater nos presenta con estos primeros moldes, una descomunal obra, un experimento original y efectivo, que vuelve a maravillar tanto en su forma de realizarla como en el resultado de la misma, ambos aspectos irremediablemente ligados. Y esto es así, porque a pesar del riesgo que ha supuesto el rodaje de una película a lo largo de tantos años, el resultado final se ve beneficiado por una serie de aspectos que de otra forma hubiera resultado imposible lograr. Por un lado tenemos a unos personajes que han ido creciendo paralelamente a los actores. Unos actores que como personas de carne y hueso han vivido los acontecimientos habituales de cualquier persona a lo largo de una década, y que en el caso del protagonista (Ellar Coltrane) incluyen niñez y adolescencia, dos periodos particularmente complejos. Este crecimiento paralelo ha permitido enriquecer al personaje, otorgándole una innegable credibilidad y una espontánea madurez que permiten que la película mantenga siempre y en todo momento una naturalidad esencial e imprescindible. A su vez, se permite con esto, que los actores adquieran una cierta licencia de autoría, ayudando a construir un personaje que en cierta medida forma parte de cada uno de ellos y les permite adaptarlo a su manera en función de una convivencia interior con el mismo. Linklater en cualquier caso no aprovecha esta situación para jugar con estos personajes y abusar por ejemplo de los habituales flash back, (a pesar de lo tentador que ha debido suponer hacerlo), sino que muy al contrario y con un acierto sobresaliente, nos traslada en este recorrido temporal sin el uso si quiera de clarificantes fundidos negros o letreros explicativos, siendo el propio espectador a través de la propia empatía creada y del propio conocimiento de los personajes adquirido el que irá comprobando el propio paso del tiempo y el que irá “creciendo” con cada uno de ellos y por tanto con la historia general. Una historia, que sumando un nuevo acierto de Linklater, se aleja de dramatismos excesivos, tensiones artificiales y estructuras narrativas complejas, colocando el foco principal en los personajes, en la familia y en los acontecimientos más o menos habituales que suelen ir sucediendo a lo largo de la vida, logrando que la historia discurra por suaves cauces lineales donde dramatismo, tensión y estructura se presentan de forma brillante y en su preciso momento de forma transparente y natural sin necesidad de recurrir por ejemplo a ningún tipo de música sentimental para enfatizar una determinada escena (a pesar de contar con una estupenda y cuidada banda sonora). Del mismo modo que el personaje del padre le niega a su hijo poner las barreras laterales en una partida de bolos porque “la vida no tiene barreras en las que apoyarse”, esta película está desprovista también de esas “barreras” y por tanto de artificios en los que sostenerse. En este sentido, tampoco nos vamos a encontrar con complejas tramas que resolver o conflictos sentimentales alejados de la profunda realidad. Asistiremos sencillamente a un devenir natural del tiempo y sus habituales acontecimientos, ya sean o no relevantes, que en el caso de “Boyhood (Momentos de una vida)” incluirán los rituales adolescentes puramente americanos como el primer beso, la primera relación sexual, la graduación del instituto, las fiestas adolescentes, iniciación en las drogas y el alcohol, desengaño amoroso, etc, pero todo narrado de una forma sobresaliente, permitiendo un portentoso realismo dentro de un estilo en todo caso convencional pero sin ataduras ni complejos.

Aunque en “Boyhood” encontramos lugares comunes con el cine anterior de Linklater (Movida del 76, Waking Life e incluso Escuela de Rock) es evidente que es en la anteriormente citada trilogía “Before” donde encontramos una enorme confluencia de imaginarios comunes. Tanto es así que se podría hablar de un grandioso broche final a aquella trilogía o simplemente una parelela e inseparable película en torno a aquellas. Olvidándonos del recurso de la nostalgia que es inevitable en Before, y que apenas se recurre a ella en Boyhood, la obsesión de Linklater por capturar el paso del tiempo cobra el mayor protagonismo en estas cuatro películas y con él, los instantes –fugaces o no- que se arrastran a lo largo del tiempo y que construyen no sólo a los personajes sino también las relaciones personales que se crean entre ellos. Boyhood contiene también bellos planos paisajísticos y certeros planos secuencias que nos invitan a disfrutar de diálogos amenos. También encontramos similitudes en muchos aspectos en el cine de Terrence Malick, especialmente en la también magistral “El Árbol de la vida (2011)” y en ese intento de captura de la infancia, recurriendo a la memoria más abstracta y particularmente subjetiva.

En cuanto al propio experimento fílmico del rodaje a lo largo de varios años, son algunas las referencias o influencias destacables que nos podemos encontrar. En el terreno documental la serie de televisión “Seven up” de Paul Almond y Michael Apted es una de ellas. En la ficción nos encontramos con más ejemplos en forma de serie de películas que de una única película (que es lo que le confiere verdadera singularidad a la obra de Linklater). En ese terreno tenemos la serie Mick Travis de Lindsay Anderson con las películas If... (Si...), Un hombre de suerte y Britannia Hospital. En Francia tenemos el ejemplo más conocido de la mano de François Truffaut, en torno al ciclo sobre Antoine Doinel, con Jean-Pierre Léaud como protagonista y las películas Los Cuatrocientos Golpes, Antoine y Colette: el amor a los veinte años, Besos robados, Domicilio conyugal y El Amor en fuga, rodadas entre 1959 y 1979. Y en España, volviendo al terreno documental Jaime Chávarri inició con la magnífica El Desencanto lo que más tarde fue un díptico sobre la peculiar familia Panero, con la posterior película Después de tantos años, rodada casi veinte años después. En todos estos ejemplos hay un nexo en común que tiene que ver naturalmente con el mencionado paso del tiempo, pero a su vez cada autor le ha otorgado su particular visión u obsesión y ha conformado un conjunto de elementos que a la postre forman parte del universo personal del director, que sin duda alguna ha ido creciendo física e intelectualmente con los personajes, aprendiendo tanto de ellos como de los trabajos paralelos que han ido realizando a lo largo de los años, enriqueciendo en todo caso el proyecto final. En el caso de Richard Linklater, se ha tratado de un “sencillo experimento antropológico-cultural a lo largo de doce años”, lo que ha derivado en -como más le gusta llamar a él- “una película de época realizada en presente”.

Tanto en su vertiente de experimento o proyecto fílmico como en su propia particularidad como película, nos encontramos ante una auténtica obra maestra, realizada desde un movimiento fílmico independiente que el propio Linklater inició valientemente en Austin, y desprovista de todo tipo de ataduras o anclajes. Con la libertad de autor que el cineasta norteamericano necesita para derrochar todo su talento al servicio del cine. Porque Boyhood (Momentos de una vida) es, simple y llanamente, cine con mayúsculas.



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