Crítica de: El tren de las tres y diez

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El duro camino hacia la estación de la dignidad


Desde que Michael Mann lograra juntar a Al Pacino y Robert de Niro y por ende la contraposición del bien y del mal, lo honesto y lo prohibido en aquella arrebatadora "Heat", las comparaciones cada vez que surgen dos personajes similares a aquellos, además de ser odiosas, resultan inevitables. Este remake del western de 1957, del mismo nombre, se podría tomar como una modernización no sólo de aquella película, sino del género mismo del western, un género que por si solo no vende con fluidez en estos momentos, pero que con productos como el que nos ocupa, ofrece un resultado sumamente interesante.
Aún manteniendo algunos clichés del género, incluidos exteriores, vestuario y personajes, este film adquiere algún que otro rasgo propio, moderno e incluso innovador, que permite el visionado no sólo a los propios aficionados al western, sino a cualquier tipo de público que guste de películas de acción, e incluso de intriga pese a que no estemos ante una historia en ningún caso excesivamente compleja. El guión, pese a ser en apariencia sencillo, está desarrollado de tal manera que engloba momentos de inquietante emoción, con otros de relativa calma controlada, y también como no, de trepidante acción bajo la sombra de los revólveres.

Pese a no ser un especialista del género, y al parecer moverse con mayor soltura en el terreno dramático, James Mangold consigue un resultado más que aceptable sobre una base bastante sólida. Las escenas son las adecuadas en cada momento y apenas sobra espacio para la monotonía, intercalando momentos pausados con dinámicas aceleraciones llevadas con audacia y gran orientación, demostrando un dominio real sobre los tiempos y unas ganas de conseguir captar la atención del espectador no sólo con fríos momentos de acción sino también con templados pasajes donde los inteligentes diálogos y las magníficas actuaciones rodean la película de un ligero aura épico.

Sin duda alguna la gran baza de este film, y el gran acierto estriba en las sensacionales interpretaciones de los dos personajes principales y de uno de los secundarios. Por un lado (el "bueno"), nos encontramos a un Christian Bale tocado por los dioses. Si con Batman ya ha conseguido su consagración definitiva, en esta película no se queda atrás en cuanto a buena adaptación a un personaje (Dan Evans), al que dota de unos rasgos tan característicos que deja perfectamente perfilado su modo de pensar, de manera que uno puede llegar a aventurarse en las futuras decisiones que dicho personaje pudiera llevar a cabo para satisfacer sus objetivos. En el lado opuesto (el "malo"), y no con menos acierto, nos encontramos a un Russell Crowe que pareciera haber nacido para interpretar a este personaje (Ben Wade). Un pistolero inteligente, locuaz y en ocasiones romántico (en el sentido más idealista del término) que conquista sin pretenderlo y persigue sus fines sin dudarlo. El enfrentamiento no sólo físico, sino moral e incluso filosófico es uno de los grandes atractivos de esta historia, que poco a poco nos va llevando a un final cargado de tensión e intriga en busca de un tren con destino a la cárcel de Yuma. No podemos olvidarnos de un genial Ben Foster (Charlie Prince) como fiel escudero de Ben Wade, en una caracterización especialmente excitante..

Acción perfectamente diseñada, diálogos con estilo propio y una puesta en escena más que adecuada entre personajes muy sugerentes, hacen que nos hallemos ante una película de sumo interés y ante una buena oportunidad de pasar un rato más que entretenido mientras apostamos si llegarán o no a coger ese tren con destino a Yuma.
sergio_roma00@yahoo.es

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