Crítica de: Cerezos en flor

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Danzas que envuelven la esencia del yo


Cerezos en flor es, en su esencia, un bello poema con un alto contenido metafórico (desde el mismo título) y narrado con la sensibilidad y la nitidez de quién tiene muy claro hacia dónde quiere llevar un proyecto y sobre todo cómo quiere abordarlo.

Al igual que Sofia Coppola, en su estupenda “Lost in traslation” o recientemente Isabel Coixet con su nuevo trabajo en ciernes “Mapa de los sonidos de Tokyo”, la directora alemana Doris Dörrie nos traslada su interés y pasión tanto de la parte más cosmopolita como de la más exótica de un país tan deslumbrante como Japón. Y lo hace a través de una historia que entabla lazos casi oníricos desde Occidente hasta esa parte de Oriente, desde Alemania hasta Japón pasando por las cristalinas costas del Mar Báltico y su increíble luz sobre el agua. Esta fascinación de Dörrie hacia la cultura japonesa proviene de viajes pasados donde descubrió la manera de proceder de una sociedad muy distinta a la que ella conocía; un esmero extremo hacia cada cosa incluso en los detalles más ínfimos, así como la parsimonia para hacer las tareas más cotidianas. Lo que se conoce con el nombre de: “Mono no aware”, y que se define como estar melancólicamente encantado y melancólicamente conmovido: la fusión del yo con e mundo exterior.

Para esta trabajo, Dörrie ha decidido contar con un actor conocido en la pequeña pantalla y teatro alemanes pero poco pródigo al cine como es Elmar Wepper con el que ya contó en “El pescador”, y al que le considera un verdadero milagro para ella, en un trabajo sensacional que combina valentía, compromiso y grandes tablas para afrontar un papel de cierta complejidad debido a los diversos cambios a los que se somete. Uno de los mejores trabajos europeos que nos deja el anterior año. Tampoco desentona, ni mucho menos la conmovedora y enigmática interpretación de Hannelore Elsner, que ya la pudimos ver el año pasado en “Lo visible y lo invisible” de Rudolf Thome (en un papel con ciertas similitudes al actual) y que deja su aura presente en todos los momentos del film a pesar de tener una actuación algo más breve que su compañero de reparto. Siempre un placer su tierna, pasional e incluso desafiante mirada con la que observa el mundo y lo que le acontece.

Para fusionar esta fascinación japonesa, con una historia mínimamente interesante la directora emplea muchos de los elementos necesarios para conseguir una atmósfera exótica dentro de un drama reconocible occidentalmente. Uno de ellos es sin duda la aportación del Butoh; baile surgido en los años sesenta como una mezcla de cultura hippie japonesa y la danza expresionista alemana, y que consiste -espiritualmente hablando-, en pretender atrapar la luz y la sombra, el nacimiento y la muerte, la conciencia de ser y la interrupción de la existencia, a través de suaves movimientos, casi hipnóticos y con una magia crepuscular incandescente. La danza de la reflexión y de la comunicación con el yo y el mundo espiritual. La danza de los sentidos. Rudi, el protagonista de la historia, jamás sospechaba que dicho baile era tan importante para su amada Trudi, y empleará la totalidad de su tiempo en conseguir una conexión con el Butoh que le acerque lo máximo posible a Trudi. Para ello emprenderá un viaje a Japón, donde reside su hijo, en una búsqueda de lo que jamás pudo o supo ver.

Otro de los elementos fundamentales, y el que da título a la película son los cerezos en flor, como evidente metáfora de la fugacidad. Un símbolo de lo que florece y no perpetúa, de lo que hay que aprovechar en el mismo momento.

Finalmente, el Monte Fuji, como símbolo de portentosa grandeza, y de lo imposible que es abarcarla, terminan de conformar un delicioso sushi de especias para paladares que se acerquen sin complejos a una delicada y enriquecedora degustación cinematográfica. El baile final con el Monte Fuji de testigo es un canto a la belleza misma y a la pureza de los sentidos.

Resulta ampliamente perceptible la influencia de Yasujiro Ozu en numerosos aspectos, pero especialmente por la inclusión del tema favorito del magistral cineasta japonés (la familia), especialmente en la película “Cuentos de Tokio” de 1953, y ese viaje de Occidente a Oriente y de Oriente a Occidente en busca de respuestas y en busca de pasiones.

Pese a que no le resultó fácil convencer a los productores, y pese a desarrollar el proyecto con un equipo reducido y una tecnología digital, Doris Dörrie ha creado una historia que va atrayendo poco a poco con todo el desarrollo de la trama y los elementos que la componen y que termina por atrapar por completo. Un trabajo compacto, fluido y con un componente romántico que se aleja de tópicos maniqueos y que la convierten en una película digna de mención y de muy aconsejable visionado.


sergio_roma00@yahoo.es


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