Crítica de: Destino: Woodstock

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Tres días de amor, paz y música

El Festival de música y arte de Woodstock de 1969 fue uno de los acontecimientos culturales más importantes del siglo XX, no sólo por su carácter musical sino por la fuerte reivindicación social que supuso en un país sumido en una lejana guerra en la que los jóvenes lanzaron una voz unánime, fuerte y solidaria con el utópico interés de cambiar el mundo.

Cuando al versátil Ang Lee le llegó la novela de Elliot Tiber, le atrapó desde un primer momento y decidió dejar a un lado el drama intenso de anteriores películas, para embarcarse en el mundo de la comedia amable y de cierto tono documental.

Captar la esencia, es espíritu, el sentimiento que movió todo aquello es tarea complicada. En 1970 el documental dirigido por Michael Wadleigh obtenía el Oscar al mejor documental y resultó ser el lanzamiento definitivo a un festival que pasó a la historia no sólo por la cantidad de asistentes (se estima que más de 500.000 personas pasaron por sus escenarios) sino por el espíritu que se respiró en todo momento y que lo llevó a situarse en el eje principal de un movimiento antibelicista.

Ang Lee está lejos de captar dicha esencia. Consigue una recreación estimable, pero adolece del clima necesario para una identificación plena. Juega con varios elementos y los maneja a su antojo, pero finalmente no consigue trasladarnos de manera efectiva a aquel mítico festival; camina con paso inestable sobre un barro que en todo momento frena la trayectoria. Nos ofrece una pequeña ventana, a través de los ojos de Elliot Tíber, partícipe involuntario de la organización y con unos problemas personales y familiares que quedan dignamente reflejados en la película, con la inestimable colaboración de un poco conocido Demetri Martin, que consigue un asombroso y particular mimetismo, en lo que es el mayor valor de toda la película. Una interpretación plena de matices y con ardiente toque necesario para resultar convincente sin caer en el exceso, pese a situaciones estrictamente cómicas.

Dicha interpretación junto a una adecuada ambientación suponen un plus de veracidad que se ve diluida por gotas de excesivo planteamiento formal que en ningún caso consiguen captar el recorrido espiritual de una conjunción de aspectos que tenían a la música sobre el eje donde girar, y a los valores humanos y reivindicativos como propósito final. Lee emplea toda una serie de artificios, como largos e intensos planos, división de la pantalla en varios puntos de vista (en un homenaje al documental previo) etc, que permiten aplaudir la técnica, pero que en poco a nada ayudan a lo que se debiera pretender.

Tampoco cautiva respecto al mundo de la música y de la cantidad de componentes que participaron en tan sonado acontecimiento, y lo que debiera ser un primer plano se queda en un marco insustancial donde narrar una historia paralela, que pese a que en un principio tiene cierto atractivo, va poco a poco perdiendo interés conforme se ve atascada en un momento concreto de la película.

Lo que allí ocurrió había que intentar contarlo, y siempre quedará la duda de si Scorsese no hubiese hecho diabluras con un guión como punto de partida, pero un acontecimiento como elemento fundamental donde ahondar en un profundo sentimiento global que cambió la vida de miles de norteamericanos durante tres días de amor, paz y música.


sergio_roma00@yahoo.es

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