Crítica de: La clienta

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Yo te pago, tú me amas.


Si bien es cierto que el tema de la prostitución es –como bien opina la directora- un tema aún tabú en estos tiempos, más lo es si cabe si hablamos de la prostitución masculina. Y abordarlo por tanto, supone como mínimo un ápice de valentía y cierto descaro. Cierto es también que este citado ápice de valentía se atenúa cuando se cuenta con un éxito moderado de la novela en que se basa la película y que está escrita por la misma directora. Aún así, conviene en principio destacar este factor y tenerlo en consideración.

La citada y polifacética directora Josiane Balasko, rescata un tema poco abordado y sin duda interesante, como es la prostitución masculina, tanto desde el punto de vista del hombre que la practica, como sobre todo de la mujer que se hace con esos servicios. Buscar el trasfondo, los sentimientos, las inquietudes y necesidades de las personas que rodean este mundo es lo que pretende Balasko, a través de un ejercicio que pudiera parecer exhaustivo en un primer momento pero que poco a poco se va quedando en un simpático cuento de hadas que tiene más de “Prety Woman” (“Prety Man” en este caso) que de la excelente “Princesas” de nuestro León de Aranoa.

La vida de una atractiva cincuentona (protagonizada de manera brillante por la veterana y espléndida Nathalie Baye) que necesita de los servicios de jóvenes “gigolós” (putos, si nos alejamos de la pedantería) para cubrir sus necesidades vitales llega a resultar creíble en un primer momento. El ligero acercamiento a su vida, a sus necesidades reales y especialmente a sus motivaciones, hace que el relato vaya perdiendo fuelle a pasos agigantados, y nos vayamos introduciendo en una historia que se va acercando más a una comedia romántica que a lo que en un principio nos habían anticipado.

Sin giros argumentales destacables, ni un hilo conductor estimablemente original, la historia se diluye y naufraga convirtiéndose en un amable cuento que apenas inquieta, donde las dos vidas paralelas que se pretenden narrar se ven bloqueadas por un absurdo intento de buscar romanticismo tan irreal, que denota ese finísimo hilo que nunca debiera observarse y que nos recuerda que todo está caramelizado bajo el manto de una sensibilidad femenina que abriga y protege todo el resultado y que se traduce en la dirección.

La relación entre las dos hermanas que protagonizan la película (una de ellas, Irene, es la propia directora) es de lo más interesante, y quizás lo más destacable pese a que se trate de algo secundario. Dos hermanas que ejemplifican dos aspectos muy relevantes de una sociedad poco sincera: el sueño romántico y femenino de encontrar el príncipe azul, desde dos puntos de vista distantes pero compatibles. Por un lado la esperanza e ilusión pese a las adversidades, y por otro la derrota y desengaño pese a las posibilidades. Dos mundos paralelos y diferentes, pero con un punto en común: el sueño anhelado y casi imposible.

Mucho hay de la propia Balasko en la película y no sólo a nivel sentimental, ya que su propio marido participa en la misma, así como su hija, lo que supone un plus de fraternidad que se aprecia discretamente en el desarrollo de los personajes. Algunos tan interesantes como la mujer de Marco, (el “gigoló” bien interpretado por Eric Caravaca) que se verá en una difícil tesitura de consecuencias desconocidas, y que nos mostrará el sufrimiento de la bella Isabelle Carré en un papel a medida.

Historia poco común, desarrollada de manera elegante en algunos tramos (acompañados por una estupenda banda sonora) y torpemente en otros. Por un lado sinceridad, descaro, frescura y honestidad. Por otro lado, traslúcido cristal de una realidad más profunda, pura inocencia, excesivo y empalagoso tacto, y sobre todo escasa intención de llegar a lo más profundo e incómodo.

Queda en definitiva, aún un mundo por descubrir acerca de este arduo tema.


sergio_roma00@yahoo.es

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