Crítica de: Agora

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Hipatia, o el fin del paganismo


Dieciséis siglos después, el extraordinario director español Alejandro Amenábar nos propone un fascinante viaje a la maravillosa ciudad de Alejandría dominada por Roma, en un momento crucial para la historia de la humanidad. Por aquel entonces, Alejandría contaba con la mayor y mejor Biblioteca del planeta. Se podría decir que todo el saber de la humanidad estaba recopilado en aquel santuario de cultura, que además hacía las veces de Escuela y que ya había sido destruida años atrás.

El fin de la citada Biblioteca, la lucha de religiones en el seno de la ciudad de Alejandría en tiempos de los romanos y sobre todo la vida de Hipatia, científica, filósofa, astrónoma y una de las personalidades más interesantes de la época, será el eje sobre el que gire esta historia que Amenábar nos propone en un escenario idílico y un clima solemne.

Teniendo en cuenta lo que en nuestros tiempos representa, el misterio que gira en torno a ella, y el aura de fascinación y mito que la rodea, resulta difícil de creer que ningún cineasta se haya acercado a este personaje con anterioridad. Amenábar quedó prendado desde un primer momento, a pesar de su encuentro casual con ella, y a su vez la observó como un pretexto perfecto para abordar otra serie de temas asociados tanto a la cultura de la época como a ciertos valores que permanecen inmutables aún en nuestra sociedad actual. De esta manera y junto a Mateo Gil (co-guionista), consiguen elaborar un acertado paralelismo entre la irracionalidad de aquella época y la imperante aún en la nuestra en algunos países en general e incluso en algunos sectores de la sociedad de manera más particular.

Hipatia representa el prototipo perfecto de mujer libre e independiente, y sólo esto, desde un punto de vista social, hace que el acercamiento a su persona, vida y también obra resulte tremendamente atractivo a la vez que estimulante. Si para representarla se cuenta con una actriz del talento Rachel Weisz, entonces el personaje termina por ser tan cautivador que será complicado olvidarlo facilmente. Weisz aporta la belleza, el misterio y el magnetismo necesario para hacer de Hipatia una auténtica personalidad de la época, pero además consigue alejarla de ese aura mitológico que hubiese resultado incómodo para el devenir de su historia y busca en todo momento el lado más humano y sincero. Todo un compendio de valores escenificados a través de sus palabras, sus actos y su manera de entender el mundo siempre desde un prisma de respeto general. La ambición puesta al servicio de la armoniosa sensibilidad femenina. En torno a ella se moverán toda una serie de personajes que serán decisivos en el transcurso de su agitada vida, pero sin llegar a eclipsarla en ningún momento, y con unas interpretaciones (Oscar Isaac, Rupert Evans, Ashraf Barhom, Max Minghella…) que sin llegar a brillar en exceso en ningún momento, acompañan de manera adecuada el desfile de impresiones y circunstancias que rodean la vida de Hipatia.

Desde un primer momento, la empatía hacia ella está garantizada y se acentúa cuando es obligada a recoger lo poco que pueda conservar de una Biblioteca que será quemada, y destruida para siempre. Este será sin duda alguna el momento de mayor carga dramática de la película, y el invisible camino de emoción del cual nunca se debiera haber desviado una película que hasta este preciso instante estaba resultando prometedora.

La causa y manera en que la Biblioteca se destruye le servirá a Amenábar para afrontar otro controvertido tema histórico: la lucha de religiones como enfoque general, y la intolerancia que subyace de ellas. Las religiones mostradas como fuerte barrera cultural a lo largo de los siglos, y causa directa de conflictos, y luchas sin cuartel. En este caso es el cristianismo el que sale peor parado. Una religión que ya era la oficial del Imperio y que aspiraba a terminar con el paganismo por la fuerza y a base de mentiras, manipulaciones y dardos venenosos. Amenábar se decanta por mostrar el lado más oscuro del cristianismo de la época: intolerante con las demás religiones, hasta el punto de escenificarlos como auténticas cucarachas que se mueven al son de la supervivencia religiosa más desaforada. Un particular (y probablemente real) punto de vista que sin duda resulta controvertido, y que conforma el toque provocador que el joven director aporta de manera muy personal como ya hiciera en “Mar adentro” y su posicionamiento en torno a la eutanasia. Sedicioso, valiente, pero sobre todo sincero como ha caracterizado siempre a su filmografía.

Es, esta nefasta convivencia entre religiones, y la supremacía de una de ellas (el cristianismo) respecto a las demás, lo que marcará el devenir de Hipatia y su dramático final, que aunque no está del todo documentado históricamente, Amenábar se permite la pequeña –y acertada- licencia de decantarse por uno de los numerosos finales que pudieran haber sucedido, conservando el clima romántico que en toda la película se había creado entre la filósofa y uno de sus esclavos.

La historia tiene tantos matices, y están tan bien elaborados que es inevitable que mantenga el interés más o menos regular en toda la película. La música, (de Dario Marianelli) aunque extensa y excelsa en ocasiones, acompaña perfectamente cada uno de los momentos y planos trascendentes y aporta el aura épico necesario para intentar crear el marco incomparable que no siempre consigue. Es también destacable y de manera notable la escenificación majestuosa de la ciudad de Alejandría, sus calles, sus gentes, su mítico Faro, y en especial la mencionada Biblioteca como símbolo de la cultura y el saber que con tanto celo custodiaban. Un fascinante viaje al pasado desde una distancia adecuada, a través de bellas e impactantes imágenes, y como si de la observancia de un documental se tratara, donde los personajes de la época cobran vida para mostrarnos sus inquietudes, pensamientos y manera de ver un mundo donde abundaban cuestiones trascendentes y controversias culturales. Amenábar abre una pequeña ventana para que el espectador se asome a contemplar la apasionante vida de por entonces la ciudad más cosmopolita del planeta.

Se queda a las puertas en cambio de la gran película de época que muchos esperábamos, al no conseguir ese tinte épico y esplendoroso que la superproducción obligaba. Hay ligeros altibajos que impiden que aquella intensidad inicial se mantenga a lo largo de las dos horas de cinta histórica. Pero sobre todo, en esta ocasión, Amenábar no logra tocar la fibra sensible (como sí hiciera de manera magistral en “Mar adentro”) del espectador con rotundidad, a pesar de que navega con viento a favor. El grado de conmoción nunca supera al de la impotencia inicial que se siente ante la pérdida de la famosa Biblioteca, y la excitación por el triste final de Hipatia nunca sobresale de lo meramente puntual y ordinariamente esperable.

No obstante, estamos ante una gran película, con sello de autor, que nos devuelve a Hipatia, Alejandría y la época romana con elegancia, brillantez y un alto grado de madurez narrativa y visual.


sergio_roma00@yahoo.es

2 Cine-Comentarios:

  1. Anónimo dijo...:

    pus a mi me parece un derroche económico para una pobre narrativa filmica, por no hablar del ritmo: PLANA

  1. Anónimo dijo...:

    A mi juicio, sin duda esta crítica es acertada, pero no nos olvidemos de la idea esencial, que pese a estar adornada con un entramado símbolico e histórico, es la que subyace en el devenir de la historia: Hypatia es bella, inteligente y firme, de corazón limpio, vive y dedica su vida a lo que ama, es fiel y librepensadora con sus propios principios, se define y actúa en consecuencia. Es decir, practica la VIRTUD griega, tan apreciada en la época y que por desgracia hoy está tan olvidada: muere por sus principios, no por mero capricho, sino que se equipara a los grandes como incluso el Jesús bíblico, muere por principios, es consciente de que su sabiduría y consejo influye en la política, pero no importa, porque es honesta y está dispuesta a "tirar del carro" por lo que ella cree: en este caso la ciencia. No reniega hasta su último suspiro. Si bien, la película resume algo triste pero cierto: nuestros principios nos definen, pero también nos separan, incluso hasta el límite de matar aún amando: eso sí, siempre que uno sea fiel a sus principios. En mi opinión, se recogen de un modo excelente los prejuicios humanos, y no sólo los de la época, sino los de la historia. Una película hermosa de la que tenemos mucho que aprender.

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