Crítica de: Home ¿dulce hogar?

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Road movie invertida

Cuando uno está acostumbrado a un tipo de vida concreto, perfectamente estructurada y asumida, por muy extraña que pudiera resultar a ojos de los demás, cambiarla de la noche a la mañana, puede resultar violento, y acercarse a lo que podríamos llamar un shock cercano a la quiebra de la rutina. A grosso modo, Ursula Meier -que debuta en la dirección con esta película- pretende enfocar este desequilibrio, además de otros muchos factores relativos a la existencia –cotidiana o no- humana.

Cuando la familia protagonista, acostumbrada a vivir en una solitaria casa de una retirada villa rural ve cómo se construye una autopista cerca, su mundo cambiará para siempre. Será entonces cuando fluyan todos los miedos, rechazos y contradicciones que habían estado escondidos durante mucho tiempo. La rotura de la armonía desempolvará la crudeza de una realidad a la que no se había prestado atención. Cada miembro de la familia aportará su particular punto de vista y su consiguiente vía de escape a la nueva e inesperada situación.

La película atraviesa tres estadios claramente diferenciables y a su vez con su particular importancia. En primer lugar tenemos el estadio inicial, donde el devenir de la familia transcurre de manera apacible y rutinaria, en un clima de paz y reservada alegría. Olivier Gurmet, con una interpretación adecuada, logrará ser el padre-eje que conecta la realidad con lo efímero. Con la llegada de la carretera, tenemos un segundo momento donde cabe tanto la perplejidad como la decepción y que va a ser el origen mismo del drama que se va fraguando y que irá despejando dudas y desenmascarando ficciones utópicas. El tercer y último momento, sin duda el más interesante, será el que como consecuencia de todo lo anterior, desemboque en un estallido de sentimientos encontrados. Una extraña mezcla de soledad que va dando paso a la desesperación y que se transforma por momentos en una inesperada impotencia, que vendrá perfectamente interpretado de la mano de Isabelle Huppert.

Todo ello conforma lo que sin duda es un ejercicio reflexivo y metafórico de una sociedad que en momentos puntuales puede llegar a asfixiar. En este sentido Ursula Meier se encarga de retratarlo casi de manera literal: una insolente falta de oxígeno como símbolo de ese indiferente ahogo social y un exceso de alquitrán como símbolo de la suciedad que contiene todo lo que pretende imponerse a base de fuerza. El asfalto, el alquitrán van absorbiendo poco a poco y sin ningún tipo de escrúpulos la unidad y el cariño que hasta ese momento había existido, hasta ahogar metáfora y literalmente la concordia familiar.

Una película que permite momentos entrañables, alguno divertido y una controlada intensidad dramática suficiente para obtener un punto de necesaria complicidad por un lado, y lógica perplejidad por otro.


sergio_roma00@yahoo.es

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