Crítica de: 50 hombres muertos

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La historia del lobo infiltrado


Cuando una película acierta plenamente con el título, por su ingenio y contundencia, (si obviamos la nefasta e incorrecta traducción) qué duda cabe que ya tiene un primer paso asegurado, aunque sea ínfimo. Pero evidentemente eso no lo es todo, y un film que apuesta por mostrar algunos de los entresijos del IRA necesita toda una serie de elementos que vayan conformando un oscuro clímax de tensión e intriga, como lo consiguiese en algunos momentos “Lobo” de Miguel Courtois (si exceptuamos las nefastas interpretaciones de algún secundario) aunque le faltase a aquella más empuje para haber logrado ser un referente.

En esta “50 hombres caminando” también se concentra la trama en un topo, infiltrado o “lobo” que debe colaborar a evitar muertes inocentes a cambio de dinero, y -quizás en su foro interno- limpieza de conciencia.

El problema surge cuando desde un comienzo todo se plantea sobre un escenario de escasa autenticidad. Tanto en la manera de infiltrarse, como en la de abrirse camino, como en la de irse desmarcando, no encontramos los argumentos necesarios para que la historia se nos muestre con su cara más sincera, y sin cicatrices rítmicas que anulan la complejidad de un entorno que debiera ahondar entre lo político y lo irracional y que finalmente se estrella frente a paredes de incomprensión y muros de incredulidad. No ayuda a lograr un ambiente adecuado la sobria pero poco acentuada interpretación de Jim Sturgess, siendo en cambio el trabajo de un maduro y ejemplar Ben Kingsley lo más sobresaliente y destacable en una película que supone un nuevo intento de profundizar en el oscuro y complicado mundo de una banda terrorista.

A lo largo de los años, no pocos directores han logrado con éxito dispar, atrapar el clima apropiado en el que envolver el mundo del IRA. “En el nombre del padre” de Jim Sheridan sea quizás la más popular y la que mayor huella ha dejado tanto por su célebre interpretación de Daniel Day-Lewis como por su calidad fílmica y la conmoción que logra. Pero no podemos olvidar títulos como “Juego de lágrimas”, “Michael Collins”, “Cal”, “Omagh”, “En el nombre del hijo”, "Bloody sunday".... Todas ellas con una encomiable intención de indagar y exponer un particular modo de vida, pero que quizás adolezcan en muchas ocasiones de quedarse a las puertas de haber conseguido una mayor cota de intenso análisis, y alta capacidad emotiva para llegar con absoluta suficiencia al corazón del espectador, tal y como sucede también con la película que nos ocupa. Recientemente "El viento que agita la cebada" de Ken Loach supuso un soplo de aire fresco de realismo (auténtica habilidad de Loach) en un complicado tema en este caso en sus raíces.

Kari Skogland nos ofrece un interesante relato basado en hechos reales, que busca en todo momento la complicidad y comprensión del espectador pero que erra al acariciar momentos de frialdad y situaciones de poca gama narrativa. La película se sigue con suma facilidad, entretiene con cierta destreza, pero se queda con las ganas de dejar en la sala a cincuenta –o más- espectadores impactados.


sergio_roma00@yahoo.es

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