Crítica de: To the wonder

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A la sombra del árbol

Tras haber firmado una de las recientes obras maestras del cine contemporáneo con la controvertida “El Árbol de la vida (2011)”, Terrence Malick tenía ante sí el reto importante y ambicioso de mantener ese nivel en el siguiente proyecto tan solo un año después del estreno de aquella maravilla.
Si bien en “To the Wonder” encontramos elementos realmente brillantes y de un elevadísimo nivel, lo cierto es que el abuso de la estética (similar a la de “El Árbol de la vida (2011)”) y la estructuración de un guión que por momentos cobra interés y por momento se pierde en un abismo sin mucho interés, hacen que nos hallemos ante sin duda una buena película, a la altura de su filmografía, pero lejos de su anterior trabajo.

La película adquiere interés desde su mismo comienzo. Narrada en un primer momento en voz en off, en francés, Marina (Olga Kurylenko) comienza a contar de manera un poco enigmática, el comienzo de una fascinante historia de amor, aunque adelantándonos elementos negativos que nos permitirán sospechar la debilidad de esa idílica aventura. El abanico de imágenes, de planos y de visiones es realmente espectacular al ritmo de un encantamiento visual, estético y cinematográfico pleno, donde podremos escuchar también la voz en off en inglés y la particular visión de la historia a través de Neil (Ben Affleck), su romántico amor. Marina junto con su hija, decide irse a vivir con Neil a Oklahoma, y es a partir de aquí cuando la relación comienza a vislumbrar grietas y el romanticismo inicial deja paso a la consiguiente rutina y desgaste de la pareja. Es entonces cuando entran en escena los dos personajes restantes que conformarán un cuarteto sumamente interesante.. El Padre Quintana (Javier Bardem) será un personaje algo más independiente, aunque habrá una ligera interrelación con el resto de personajes, siempre desde un prisma más religioso que emocional, más espiritual que terrenal. Por último, y siendo el personaje menos intenso Jane (Rachel McAdams) dará forma final a una historia de relaciones sentimentales de la que se pueden ir sacando varias lecturas.

Qué duda cabe que los cuatro personajes guardan todos ellos y en mayor o menos medida cierto simbolismo al que es difícil no prestar atención. Como hemos dicho, el Padre Quintana representa el misticismo. Las dudas que supone la religiosidad, algo que obsesiona verdaderamente a Malick, y la manera de encontrar un camino que logre ese estado de paz duradero, y le permita encontrar una luz alegre que ilumine su alma, tal y como le desea una feligresa. Neil en cambio representa las contradicciones de las relaciones de pareja. La inestabilidad y el inconformismo a pesar de parecer tenerlo todo. Tanto Marina como Jane parecen ser las mujeres de su vida, cada una en su estilo. Parecen llenar el pequeño vacío que pudiera tener su vida y edificar un futuro estable. Pero, por diversas razones, no logra dicha estabilidad, y por ende felicidad, dejando que sean los acontecimientos los que marquen el devenir de su vida sentimental. Al igual que Roman Polanski con los cuatro actores de “Un Dios Salvaje” (por poner un ejemplo reciente de cuarteto de personajes) Malick ha tenido también buen ojo a la hora de elegir a los actores. En el caso de Ben Affleck, aunque no se trata evidentemente de un gran actor (y sí un extraordinario director) encaja perfectamente en el personaje de Neil, frío, introvertido, de pocas palabras, y de sencillez y transparencia. Lo mismo ocurre con las actrices femeninas. Olga Kurylenko dando expresión al romanticismo pleno, a la felicidad sin concesiones, la bella parisina sin motivos para la preocupación pero con inquietudes escondidas. Rachel McAdams en cambio personifica bien el tener “los pies en el suelo”. Un personaje más tradicional, con la misma belleza pero con la nítida estabilidad escrita en sus ojos. Por último, y nuevamente excelente encontramos a Javier Bardem, una garantía de autenticidad en un personaje que si bien no puede dar mucho de sí, nos lo presenta sin ninguna fisura y con un magnetismo peculiar que nos hará partícipe de sus sufrimientos y sus contradicciones personales a través de su voz en off en castellano. El personaje creado para él, es en cambio el más flojo, poco aporta a la historia salvo la repetitiva obsesión por la necesaria existencia de Dios.

La magia que Malick emplea para contar la historia es a través de maravillosas imágenes y portentosos planos. Apenas hay diálogos, y en ocasiones cuando los hay, están deliberadamente escondidos entre una también magnífica música a cargo de Hanan Townshend y con piezas de Wagner o de Sebastian Bach, perfectamente acorde con el clima de la historia. Como ocurre en muchas películas de Malick muchos de los aspectos se intuyen, y la historia parece funcionar en base a todos los elementos señalados y también a un estupendo montaje. Malick desnuda el amor y propone una reflexión sincera sobre ciertos aspectos de las relaciones sentimentales, siempre con un estilo absolutamente identificable. El problema es que la historia no emociona. No consigue ese punto de intensidad que permita que ese conjunto de sentimientos se convierta en un volcán de emociones, imprescindible en el estilo de película que nos propone el director estadounidense. En ocasiones resulta hechizante y algo hipnótica, pero el desarrollo de la película no mantiene un nivel elevado en todo momento y en sus tramos finales no consigue el resultado deseado, y resulta en ciertos aspectos algo decepcionante.

Aún así, no cabe duda que estamos ante un ejercicio de dirección sobresaliente, y ante una película que gustará en mayor o menor medida a los que disfrutaron plenamente con “El Árbol de la vida (2011)” y en general con el cine tan personal de Terrence Malick.


sergio_roma00@yahoo.es
@sergio_roma

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