Crítica de: Parque vía

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Como pez en el agua

Cuando el ser humano se acostumbra durante largo tiempo a un tipo concreto de vida, cambiar esos hábitos se puede convertir en una tortura. En la más que interesante “Cadena perpetua” de Frank Darabont, se podía observar como uno de los presos más antiguos, al recibir la libertad le era imposible adaptarse a la sociedad, y acababa suicidándose. Como un pez fuera del agua.

Beto se ha pasado gran parte de su vida cuidando una casa en Ciudad de México, donde su única compañía han sido las posibles visitas interesadas en la compra, y una larga lista de tareas rutinarias que han conformado un modo de vida austero, aburrido pero autocomplaciente. Beto está conforme con la vida que le ha tocado vivir, y no quiere otra. Se ha creado a lo largo del tiempo una coraza que ni él mismo puede ni quiere romper.

Enrique Rivero, director de este personalísimo drama costumbrista, se ha encargado en todo momento de trasladar el mundo inusual de este humilde personaje a través de un lenguaje cinematográfico muy particular, valiente y con un estilo lleno de matices y silencios expectantes. Un lenguaje que puede ocasionar la extrañeza e incomodidad en un espectador poco acostumbrado a este tipo de cine, especialmente la primera media hora, y que lentamente va incorporando elementos para atraer cierto interés y un desarrollo lo más perceptible con la realidad interna posible. Una película a medio camino entre el documental sobre la vida cotidiana de un hombre normal, y el probable drama hacia el devenir de una historia ya pactada, pero nunca dispuesta.

Para ello son necesarias unas interpretaciones frías y sobrias que afiancen esa sensación de realidad cotidiana que envuelve toda la película. Tan sólo un posible clímax final puede desequilibrar todo el desarrollo de una historia en la que aparentemente no sucede nada. En la que los silencios, las miradas esquivas, y las palabras entrecortadas y poco elaboradas dominan la escena. En ocasiones Rivero se contenta con un plano largo y monótono para conseguir extrañeza y complicidad. En otras ocasiones prefiere observar desde un rincón oscuro, o desde una habitación paralela. Nada perturba, todo se mantiene inerte, casual, melancólico.

Tras este sobrio estilo, no podemos obviar una loable pretensión por parte de Rivero de enfrentar realidades paralelas, clases que conviven sin apenas rozarse, y la certeza de vivir en un mundo donde todo está escrito y apenas cabe espacio para la improvisación, para romper una baraja que siempre viene con las cartas marcadas.
“Parque vía” es una película pequeña, extraña, y muy personal, pero mantiene la esencia de un cine con un fuerte compromiso social y con un denotado estigma de independencia.


sergio_roma00@yahoo.es

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