Crítica de: A la deriva

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Circunstancial área de servicio

La adaptación de obras teatrales o de textos catalanes es una de las mayores aficiones y por qué no decir, cualidades de Ventura Pons. En este caso, el libro “Area de server” de Lluis Antón Baulenas, será el marco perfecto a través del cual el director encontrará la ventana adecuada para mostrarnos todo un imaginario bohemio de personajes sin raíces, futuro indefinido o simplemente sin ambiciones.

La historia gira en torno al personaje principal (Anna) llegada de Africa donde ha trabajado como enfermera en una ONG y de vuelta a una vida cotidiana, muy diferente a la llevada anteriormente y con un giro radical de valores, visión de la vida y un arsenal de sentimientos contradictorios. Anna vivirá a partir de entonces en una caravana que desde un pintoresco camping se desplazará a un área de servicio donde echará alguna raíz, que junto a su trabajo de seguridad en un hospital psiquiátrico la darán a conocer nuevas vidas, nuevos amores, o deseos, y un suelo social más o menos habitable. María Molins se encargará de dar vida a este complicado personaje y lo hará con oficio y singular capacidad para otorgarle una eficacia necesaria y a la postre uno de los mayores valores de la película.

Qué duda cabe que nos encontramos ante una historia eminentemente de personajes. Cada uno con su vida personal enjaulada en un halo de misterio que Pons se encarga de potenciar y promover. Un misterio, que si bien en muchas ocasiones se agradece y se contempla como un punto positivo en el mencionado juego de personajes, en esta ocasión consiguen que la historia alcance cotas de estrechez poco deseables y se quede encerrada en un universo de incógnitas nada apetecible y poco evocador. El comentado personaje de Anna es probablemente el mejor construido, pero hubiese sido necesario un mejor enfoque de unos secundarios que se antojan significativos y que debieran aportar un mayor potencial descriptivo en una historia que se presenta como interesante en un principio y que no puede evitar verse diluida en un mar de excesivas intrascendencias y en un cristal de inevitable contemplación traslúcida. Tampoco ayuda la esperpéntica aparición de Boris Izaguirre haciendo de sí mismo, en un personaje perfectamente prescindible ni la insulsa aparición de Arcadi como contemplador atónito de escenas sexuales, del que poco jugo ha podido sacar el excelente actor Fernando Guillén.

La capacidad de Ventura Pons de fabricar o adaptar historias nos deja verdaderas obras interesantes y otras como esta película veintiuno de su carrera, que desemboca en una incertidumbre poco nítida y en un mundo bohemio y abstracto poco pulido y falto de un necesario marco emocional adaptable y conciso.

A pesar de esto, es una película que se deja ver, y que como poco no deja mal sabor de boca.


sergio_roma00@yahoo.es

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