Crítica de: La piel que habito

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Mujer al borde de un ataque de nervios

Aunque el título de esta crítica pudiera parecer un paralelismo entre “La Piel que Habito” y “Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios”, nada más lejos de la realidad, ya que los 21 años que median entre ambas películas son suficientes para distinguir una radical viraje en el cine de Pedro Almodóvar que ahondando en terrenos cercanos al suspense e incluso thriller poco habitual en su cine, finalmente desemboca en una esencia cinematográfica tan personal como auténtica, tan controvertida como esencial.

El director manchego, consciente de la libertad con la que juega en estos momentos, experimenta diferentes registros sin perder su particular visión, y en líneas generales no naufraga en ningún momento, y su cine se mantiene con la misma consistencia como si de un debutante ambicioso se tratase, y con el mismo oficio que caracteriza toda su magnífica filmografía, demostrando que está apto para saludar con auténtico atrevimiento al nuevo milenio, echando incluso la vista atrás a conceptos y arquetipos clásicos.

No conviene contar mucho de “La Piel que Habito” ya que la película nos reserva más de una sorpresa. Almodóvar se encarga de manera muy precisa de mostrarnos a una mujer encerrada en una habitación (Elena Anaya) ante la atenta mirada y escrutinio de un reconocido cirujano experimentando en beneficio de la ciencia. Poco más se debe contar, ya que la estupenda manera de narrar (jugando de manera hábil con los tiempos) nos irá hilando el resto de la historia hasta trasladarnos a la resolución de incógnitas como solo Almodóvar sabe hacer y sabe “manipular”.

Todo en “La Piel que Habito” nos conduce a una gran obra en sus inicios. La intensidad se mantiene en el transcurso de la historia, y su final nos deja un buen sabor de boca y no decepciona en absoluto a pesar del listón tan alto que debe ir superando nuestro director más internacional. Pero hay ciertos aspectos que impiden que nos hallemos ante un paso más de gigante, ante una monumental película, ante la gran película que todo el mundo espera.

Por un lado, Antonio Banderas, aunque correcto, no consigue nunca que nos olvidemos del icono hollywoodiense que tanto le caracteriza, y ante esta adversidad cuesta horrores tomarle en serio como el personaje que desarrolla merecería, por lo que en este sentido nos encontramos ante una renqueante pata de la mesa que impide la firmeza de la película. No podemos decir lo mismo del estupendo trabajo de una sensacional Elena Anaya que consigue transmitir al milímetro lo que el personaje requiere e incluso va más allá en cuanto a sugerencia e imaginación. Probablemente el mejor trabajo de una actriz que crece a pasos agigantados.

Sin nada que objetar a los secundarios (excepto que Marisa Paredes a pesar de la excelencia de sus trabajos, resulta demasiado evidente en el cine de almodoviano) el lado interpretativo, tan importante en este director (probablemente el mejor director de actrices del mundo) vuelve a tener su peso importante, y en este sentido no se consigue la necesaria complicidad que la película requiere y necesita.
A pesar de esto, la historia interesa, se mantiene con firmeza a lo largo de las dos horas de metraje en lo que supone una personalísima adaptación de novela, y en líneas generales, gusta.

Ligero cambio de registro de un director solvente, que sin llegar en ningún momento a defraudar, no logra superar ni igualar registros pasados, pero de igual modo vuelve a demostrar que apenas tiene rival en su campo de juego, y que se mueve con plena fluidez en el cine contemporáneo, adaptándose, experimentando, sorprendiendo y sobre todo fascinando.


sergio_roma00@yahoo.es
Twitter: @sergio_roma

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