Crítica de: De Óxido y Hueso

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Heridas sin cicatrizar

La breve, pero intensa trayectoria del director parisino Jacques Audiard es tan atractiva, que no es una locura afirmar que nos encontramos ante uno de los cineastas más interesantes del panorama internacional, y que por tanto un nuevo proyecto suyo debe se motivo suficiente para prestar su debida atención. Audiard adquirió gran prestigio en Francia a raíz de la película “De Latir, mi Corazón se ha Parado” que arrasó en los premios César y le permitió abordar con libertad un proyecto aún más ambicioso y que le consagró internacionalmente como fue la extraordinaria película “Un Profeta”.

Ahora nos llega una película que guarda ciertas similitudes en cuanto a estilo, ciertos rasgos característicos que nos permiten nuevamente comprobar que nos encontramos con un soberbio trabajo de dirección. La historia en cambio es diferente respecto a sus anteriores proyectos, pero sí podemos encontrar ciertos nexos comunes respecto a sus protagonistas, tanto con Thomas de “De Latir, mi Corazón se ha Parado”, como con Malik de “Un Profeta”. En esta ocasión Alí, se nos presenta como un personaje bastante más complejo que su propio nombre. Un personaje atormentado en su foro interno, absolutamente oculto en apariencia, pero ligeramente vislumbrado gracias a la maestría de Audiard en abordarlo con franqueza. A cargo de un hijo de cinco años, la vida de Alí se mueve entre pequeños “trapicheos”, peleas clandestinas, y trabajos de escasa legalidad. Una vida que le permite tener un sustento aceptable para mantener con cierto equilibrio su estatus personal y familiar, que para él ya es suficiente. En uno de sus trabajos de seguridad de una discoteca, conoce accidentalmente a una joven (Stéphanie) que cambiará por completo los argumentos de su vida, e incluso los estímulos, aunque esto siempre sucederá de manera paulatina e intentando evitar que su particular mundo se desmorone de manera especialmente radical.

Aunque pudiera parecer que el peso de la película lo sostiene Alí, en una buena interpretación de Matthias Schoenaerts, que por momentos nos recuerda (en cuanto a su hermetismo y su particular mundo interior) a aquel “driver” interpretado por Ryan Gosling en la excelente película “Drive”, en realidad se podría decir que es Stéphanie la que va a mover los hilos de una historia que sin llegar a ser extremadamente compleja, sí nos reserva algunos momentos de especial atención y no pocas situaciones de inquietud. A raíz de su accidente, Stéphanie formará parte de la vida de Alí de manera más intensa (aunque también desesperada) y eso provocará un volcán de sentimientos que deberá desembocar en un inevitable nexo común. Si el personaje de Stéphanie es importante para la historia no lo es menos la magnífica interpretación (nuevamente) de Marion Cotillard, en uno de los papeles más difíciles que ha tenido que abordar, y en un trabajo sencillamente excelente. Stéphanie no esconde tanto como Alí, aparentemente guarda mayor sencillez en cuanto a sus planteamientos de inicio, pero poco a poco su historia va cautivando, en base a un turbio y sobre todo rutinario pasado, pero sobre todo teniendo en cuenta que su particular presente puede guardar múltiples sorpresas y puede generar todo un terremoto de sensaciones y de situaciones imprevistas.

La película está dirigida con una brillantez digna de destacar, con unos planos realmente especiales y personales (incluidos los del comienzo, que con el devenir de la película los tendremos que retomar de la memoria para poder darles sentido y disfrutarlos) y con una manera de presentar y desarrollar la historia que nos permite acomodarnos en la butaca siempre en constante tensión, ya sea por la acción misma de la película, ya sea por el torrente de emociones complejas que esconde. Es aquí donde encontraremos más similitudes con “Un Profeta” y por tanto será del disfrute de todo aquel que lo hiciese con aquella impactante película.

“De Óxido y hueso” además se presenta plenamente favorecida por una atmósfera peculiar y a tono con el clima de todo lo que se está desarrollando, gracias a la excelente fotografía de Stéphane Fontaine y también a la siempre cautivadora música de Alexandre Desplat que nuevamente sabe siempre tocar la tecla adecuada.

Oxido y hueso como magnífica metáfora -sacada de las circunstancias de la película- de lo superficial y lo trascendente, de lo humano y lo artificial.


sergio_roma00@yahoo.es
twitter: @sergio_roma

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