Crítica de: Marieke

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Sola en la ciudad

Marieke perdió a su padre a los ocho años. Un hecho así, no cabe duda que marca de por vida, y deja toda una serie de confusiones de difícil resolución a lo largo de la vida. Marieke no cuenta con el apoyo de su madre, que por extrañas circunstancias no quiere saber nada sobre el tema, prefiere olvidarlo todo, y para Marieke ella está muerta en vida. Por tanto, esta joven solitaria se refugia en el cuerpo de otros hombres, de hombres mayores, en una infructuosa búsqueda del calor paterno que le falta, o quizás una rebelde forma de gritar al mundo que necesita amor.

No estamos ante una premisa nueva en una historia de este tipo, ni ante un ambiente original respecto a ello, pero no cabe duda que conviene prestarle la debida atención a un proyecto que sin parecer arriesgado, esconde más de un elemento de indudable interés. Aunque del personaje principal, Marieke, bien interpretado por Hande Kodja, sabemos poco, porque deliberadamente se nos quiere esconder su pasado, el buen desarrollo del guión nos permite ir poco a poco construyendo una historia que a pesar de que nunca va a llegar a ser del todo conclusa, sí nos permitirá trazar un esbozo de lo que ha podido suceder en todos esos años de ausencia de padre, de lo que pudo suceder con él en vida (con pequeños flash-backs bien construidos), y sobre todo, y más importante lo que puede ser la vida de Marieke en el futuro, que si bien no deja de ser una abstracta incógnita, cada uno sí podrá trazar sus perfiles más o menos acertados, en base a un mundo interior que la debutante directora Sophie Schoukens se ha encargado de ir elaborando con la precisión suficiente para lograr un trabajo artesanal.

Una película oscura, llena de matices y silencios y con una estética adecuada al devenir de lo que va sucediendo. La soledad y los recuerdos serán los ejes principales donde mover tanto al personaje principal como a los secundarios, siendo esto el aspecto más flojo del film, y donde más se le podía haber sacado partido.

Junto a bellas escenas como el baile de Marieke con el mejor amigo de su padre al son de una sensual canción en su nombre, la película también nos regala atractivos planos, de la mano de Alain Marcoen, habitual en las películas de los hermanos Dardenne, y que no cabe duda le otorgan un plus de calidad a una película ya de por sí bastante cuidada. Matices como la pasión de Marieke por fotografiar a sus ancianos amantes, en un evidente deseo de inmortalizar a la persona con la que comparte cama, de no perderla nunca, o la extraña relación con su madre o con las personas de su entorno no pueden pasar desapercibidos y serán la luz de neón que ilumine una vida urbana magníficamente fotografiada y estéticamente bien presentada.

Una pequeña película que nos invita a introducirnos en el mundo infeliz de las historias con cicatrices, de los personajes con sueños imposibles, y en definitiva del cine bajo una mirada melancólica.


sergio_roma00@yahoo.es
Twitter: @sergio_roma

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