Crítica de: Ultimatum a la Tierra

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Salvemos el planeta (cinematográfico)

Resulta triste que a estas alturas, donde debiera haber cierta exigencia por parte del público, se realicen productos tan faltos de imaginación como de riesgo, y sobre todo carente de elementos necesarios para conseguir un producto medianamente entretenido. Pero más triste todavía resulta que actores como Keanu Reeves o Jennifer Connelly y el director Scott Derrickson (que tan buen sabor de boca nos dejó con “El Exorcismo de Emily Rose”) se presten a esta farsa por unos cuantos dólares más a sumar a sus ya desbordantes cuentas, sin importarles un ápice el desprestigio que supone en sus carreras.

“Ultimatum a la Tierra” es la típica (usando despectivamente el término) película sobre la salvación de la Tierra en manos de una humilde persona y junto un alienígena que podría ser malo pero se enternece ante los lloros humanos. Por si esto fuera poco, ni siquiera la idea es original (¿a qué se dedica el “guionista” David Scarpa?) ya que se trata de un desafortunado remake, de aquella “Ultimatum a la Tierra” de 1951 del director Robert Wise, que tan buena aceptación tuvo en su tiempo y llegado a nuestros días como un clásico del género. Si Wise levantase la cabeza sentiría sin duda alguna vergüenza por lo innecesario del remake y por lo desastroso del producto final.

Los actores están tan encajonados en sus papeles que resultan aburridos y extremadamente previsibles. Especialmente Keanu Reeves, que poco puede hacer con este papel y del que poco se puede pedir más que muestre una vez más lo limitado de sus recursos. Casi lo mismo se puede decir de Jennifer Connelly, la misma de (tristemente) Hulk, y muy lejos de registros como “Juegos secretos” o “Una mente maravillosa”. Allá ellos.

La historia, pese a que en sus comienzos se antoja interesante se va deshaciendo poco a poco en fuegos fatuos y convencionalismos aburridos, arrastrada de vez en cuando por una demacrada moralina que más produce risa que reflexión y adornada con algún que otro efecto especial digno de una moderada mención, y que posiblemente sea lo único ligeramente destacable. Hay muy pocas cosas lógicas, y tampoco hay un esfuerzo por intentar explicar nada; simplemente no importa, al espectador le debe valer con ver imágenes y plantearse pocas cuestiones, y mucho menos intentar dar alguna explicación razonable a todo ese compendio de sin sentidos que van surgiendo a lo largo del cansino metraje, que por fortuna no han querido alargar en exceso.

Decepcionante tratándose de un prometedor Scott Derrickson y triste que a día de hoy, con tanta variedad en nuestras carteleras no se permitan el pequeño esfuerzo de intentar atraer al espectador con un mínimo de imaginación o por lo menos digna realización, más allá de las ostentosas campañas publicitarias con que se nos presentan este tipo de producciones.

Como dice un buen amigo mío, espero ansioso ver la siguiente película (la que sea), que me quite esta pasajera sensación de despreciar el cine, que me ha provocado este ridículo ultimátum.
sergio_roma00@yahoo.es

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