Crítica de: La grandeza de vivir

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El influjo de la madurez


Abordar el tema de la tercera edad, además de proporcionar satisfacciones si se consigue un resultado positivo, encierra el riesgo de caer con excesiva comodidad en el drama fácil, la lágrima demasiado ligera y sobre todo quedarse a las puertas de un enfoque reflexivo que permita una amplia visión sobre una complicada edad y unos universales e inevitables conflictos morales y sociales.

Con tan sólo dos largometrajes en un haber, pero con un sustancial tacto para tratar temas relevantes sin pecar de pedante, el director Anthony Byrne adapta un relato “Los duros” de la célebre escritora irlandesa Maeve Binchy con el acierto de mantener la esencial principal, y al mismo tiempo añadirle esa sutil pero impecable marca personal que consigue darle a la historia el énfasis necesario dentro de un equilibrio narrativo más o menos adecuado.

La residencia de la tercera edad “Woodlands” será el escenario elegido para que la joven Ellie (Hayley Atwell) comience a trabajar con unos huéspedes harto complicados y a las órdenes de una hermana estricta y autodidacta. El choque de trenes está garantizado en dos vertientes principales: el puramente de diferencia generacional por un lado, y el de confrontación de caracteres dentro de un grupo humano con sus conflictos internos, por otro. El primero será mostrado desde una inicial inocencia adolescente por parte de Ellie, hasta su inmediata madurez y crecimiento emocional que la permita “luchar” de tú a tú en campo contrario y con todas las de perder. El entendimiento tan sólo podrá llegar en situaciones límite y de la habilidad en concretar cada situación dependerá que salga victoriosa de una batalla perdida de antemano. La segunda vertiente nos mostrará un efusivo y emocional conflicto paralelo que nos permitirá, además de disfrutar con el enfrentamiento directo entre personalidades de diferente factura, el auténtico deleite que nos proporcionarán unas sensacionales interpretaciones a cargo de Vanessa Redgrave, Brenda Fricker e Imelda Staunton en el lado femenino, y un solitario y también sensacional Joss Ackland en el lado masculino.

Sin duda alguna, la madurez, experiencia y profesionalidad que aportan estos actores, consiguen que la interpretación sea una de las bases principales de la película, que si bien cuenta con una interesante historia, es enriquecida con un saber hacer propio de actores con cierto bagaje. La película, que en principio está configurada como una comedia con tintes dramáticos, poco a poco se va transfigurando en un drama con ciertos momentos divertidos, pero donde abunda la sensibilidad moderada, las tiernas miradas que inevitablemente conmueven y la visión de una cámara que se mueve al son de las notas de piano del genial Satie, y de la música de Niall Byrne.

Anthony Byrne, en una acertada decisión con estilo, se permite el lujo de huir en no pocas ocasiones del drama de fácil desarrollo para jugar con tiempos y modos, y sobre todo para evitar situaciones mil veces ya vividas. Por desgracia no siempre lo consigue, aunque es de agradecer las veces en que al menos lo intenta.

Aunque el cartel principal, y la traducción del título original (How about you) le hagan flaco favor al corazón de esta película, en general nos encontramos ante un más que interesante drama que se mueve con bastante fluidez entre el poder de la amistad, la sabiduría adquirida con los años, la triste melancolía de los tiempos vividos, y el esperanzador devenir asomando a la ventana de una residencia que será punto y seguido hacia nuevas experiencias por vivir. Con o sin grandeza.


sergio_roma00@yahoo.es

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