Crítica de: Los descendientes

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El paraíso y sus esquinas

Con cinco películas en su haber, y tras esta espléndida “Los descendientes”, no cabe duda de que nos hallamos ante uno de los más brillantes cineastas del cine humanista en Holywood y sobre todo de uno de los mejores adaptadores de novelas.

Siete años después de aquella magnífica y oscarizada “Entre copas”, Alexander Payne vuelve a realizar una adaptación, esta vez de una novela poco conocida de la escritora afincada en Hawai, Kaui Hart Hemmings. Una historia sumamente interesante, que Payne convierte en todo un prodigio de técnica narrativa y que le sirve para mostrar todas sus obsesiones y de paso indagar una vez más en los entresijos e inquietudes del alma humana en su vertiente más extrema y en los momentos más difíciles, tal y como ya hiciese en sus anteriores películas. Tanto en “Election”, como en “A Propósito de Schmidt”, como en “Entre copas”, Payne aprovecha el marco literario que le proporciona una gran historia para de manera paralela y potenciando dicho producto recrearse en historias mínimas, sobre personajes cotidianos en sus momentos más complicados.

“Los descendientes” está ambientada en el idílico y paradisiaco marco hawaiano, y desde ahí mostrando su cara más cotidiana y con la paradoja que ello supone, los rincones más oscuros de los personaje cobran vida para crear una historia que va más allá del simple argumento (de por sí atractivo) y pararse lentamente y una a una en la intimidad de los personajes principales. Matt King (George Clooney) rompe con dicha cotidianidad cuando su mujer sufre un accidente acuático y queda en coma. Tener que afrontar la difícil infancia y adolescencia de sus dos hijas y además terciar con el oscuro secreto que su mujer le ha reservado, se convierten en una difícil papeleta que sólo un actor con solvencia podía manejar con acierto. Un complicado papel que encuentra en Geeoge Clooney al mejor aliado y muestra los mejores registros para componer la mejor interpretación hasta el momento de un actor valiente y con una categoría difícilmente superable. Clooney disfruta con este papel, lo mima y consigue que su personaje sea increíblemente auténtico. Como viene siendo habitual en el cine de Payne, los secundarios no son meros comparsas, y a la agradable sorpresa de Shailene Woodley hay que sumarle la solvencia de Judy Greer en un papel pequeño pero muy acertado.

Todo el universo humano de Payne converge en esta película, la más madura de su filmografía y la convierten en un soberbio ejercicio de claridad y madurez narrativa (muy bien acompañada por la fotografía de Phedon Papamichael) de fluidez (apoyada en la música de Craig Armstrong y temas autóctonos hawaianos) y de buen hacer general, demostrando que no sólo es necesario tener una buena historia entre manos, sino además saber aportarle pericia cinematográfica. Y ahí es donde Alexander Payne es un auténtico maestro.


sergio_roma00@yahoo.es
Twitter: @sergio_roma

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